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Madres frente a la reja: el dolor que Venezuela no puede ignorar

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Articulo de opinión de la comunicadora, investigadora y profesora Luz Neira Parra sobre la dramática situación de los familiares que no consiguen respuesta de las autoridades sobre los presos políticos.

01/25/2026. Hay un dolor que no hace ruido en los palacios ni en los discursos oficiales. No genera comunicados. No mueve bolsas en los mercados internacionales. No altera agendas diplomáticas. Es un dolor que ocurre a la intemperie, sentado en el suelo, bajo el sol o la lluvia, frente a un portón que no se abre. Es el dolor de las madres y esposas venezolanas que esperan afuera de las cárceles mientras el país —y el mundo— sigue su curso como si nada.

Desde que Estados Unidos anunció la “extracción” de Nicolás Maduro y de su esposa y se instaló el mismo régimen bajo una figura “transitoria” que prometió abrir una etapa distinta, se ofreció al país un gesto mínimo de humanidad: liberar a los presos políticos. Se habló de más de mil detenidos. Se habló de justicia. Se habló de reconciliación. Pero la realidad volvió a imponerse con su peso de hierro: apenas unas pocas decenas han sido liberadas. El resto sigue allí, enterrado en concreto, en expedientes sin rostro, en celdas donde el tiempo se pudre.
Y entonces la tortura se desplazó.
Ya no es solo para los detenidos.
Es para las madres que esperan.
Para las esposas que resisten.
Para las familias que envejecen frente a un muro.
Las imágenes parten el corazón. Mujeres mayores con bolsos gastados, con papeles doblados mil veces, con fotos impresas que ya perdieron color. Madres que no saben si sus hijos están vivos. Esposas que no saben si sus maridos han comido, si están enfermos, si los han golpeado, si los han quebrado. Mujeres que cuentan los días como se cuentan las gotas de una hemorragia: uno más, uno menos, y nadie llega a detenerla.

Hay madres que llevan semanas durmiendo afuera de una cárcel. Otras llevan meses peregrinando entre tribunales que no responden, listas que no aparecen, funcionarios que bajan la mirada.

Algunas llevan más de un año sin ver a sus hijos. Más de un año sin abrazarlos. Más de un año sin saber si siguen siendo los mismos.

Ahora pasan días y noches enteras frente a esos centros que ya no son cárceles sino espacios de castigo político y de tortura, esperando bajo el sol inclemente, bajo la lluvia, bajo el calor sofocante. Esperan con sus fronteras rotas, con su dignidad agotada, con la esperanza convertida en única defensa. ¿Qué tipo de tortura es esa? ¿Quién decidió que ese dolor era aceptable?
La pérdida aquí no siempre es la muerte. A veces es algo peor: la desaparición en vida. El hijo existe, pero no está. El esposo respira, pero no aparece. El Estado lo ha secuestrado del tiempo familiar. Lo ha arrancado del calendario. Lo ha borrado del mundo cotidiano. Y mientras tanto, la madre envejece frente a una reja. La esposa se convierte en padre y madre. Los hijos crecen con un vacío que no entiende de ideologías.
Uno ve esas imágenes y se pregunta —con rabia, con vergüenza— qué clase de sociedad es esta donde el dolor se vuelve paisaje. Donde las lágrimas se normalizan. Donde el sufrimiento ajeno se consume como noticia y luego se descarta. ¿Cómo llegamos a este punto en el que una mujer llorando por su hijo preso no provoca una reacción colectiva, sino un silencio incómodo?
Ese silencio también es violencia.
Porque no es solo el régimen el que encierra. Es la indiferencia la que prolonga el castigo. Es la costumbre la que anestesia la conciencia. Es el miedo el que convierte el dolor de otros en algo “lejano”, “complicado”, “político”, como si el amor de una madre necesitara contexto para ser legítimo.
Hay nombres. Hay historias. Hay personas concretas. Hombres como Eduardo Labrador, ausente de su hogar desde hace más de un año, mientras su esposa y sus hijos viven en un limbo emocional que nadie mide en informes. ¿Quién acompaña ese duelo suspendido? ¿Quién repara la infancia que se rompe cuando un padre desaparece tras un expediente?
Estas mujeres no son símbolos. Son cuerpos cansados. Son gargantas rotas de tanto gritar nombres que nadie responde. Son manos temblorosas aferradas a la esperanza porque rendirse sería aceptar que el Estado ganó también en el terreno del alma.

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Y aun así resisten.
Resisten sentándose cada día frente a una cárcel. Resisten volviendo al día siguiente. Resisten llorando en público cuando les han enseñado que el dolor debe ocultarse. Resisten hablando cuando el castigo por hablar es real. Resisten porque amar a un hijo o a un esposo, en la Venezuela de hoy, es un acto político aunque no lo pidan.
¿Hasta cuándo? Esa es la pregunta que atraviesa cada rostro. ¿Hasta cuándo este régimen seguirá usando el sufrimiento familiar como método de control? ¿Hasta cuándo una madre tendrá que suplicar por una prueba de vida como si pedir noticias de su hijo fuera un crimen?
El dolor de estas mujeres no es privado. Es un dolor colectivo, una herida abierta en la conciencia nacional. Y una sociedad que aprende a mirar ese dolor sin reaccionar es una sociedad que empieza a perder algo esencial: su humanidad.
No se trata de ideologías. Se trata de madres. De esposas. De hijos. Se trata de la crueldad de hacer esperar a quien ya lo ha perdido todo menos la esperanza. Y de la obscenidad de un poder que se sostiene no solo en la fuerza, sino en el desgaste emocional de quienes aman.
Algún día habrá que responder por este dolor. Por cada noche frente a una cárcel. Por cada niño que creció sin padre. Por cada madre que envejeció esperando. Porque los regímenes pasan, pero las heridas que dejan —si no se nombran— se convierten en cicatrices morales de una nación entera.
Y ese día, nadie podrá decir que no lo vio.

Articulo de opinión de la comunicadora e investigadora Luz Neira Parra, con permiso para la reproducción de DHH.

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