Artículo de opinión del analista político y periodista de Venezuela Edward Rodriguez sobre las consecuencias que enfrenta Nicolas Maduro a casi un mes de su detención.

01/28/2026.
La próxima semana se cumplirá un mes de aquella madrugada del 3 de enero del 2026 que sorprendió a Venezuela y al mundo. Mientras Caracas aún dormía, una fila de helicópteros de la Fuerza Armada estadounidense surcó su cielo y a su paso dejaban columnas de fuego que se hicieron visibles en distintos puntos de la capital. Horas después, el anuncio llegó por la vía menos esperada: el presidente de EEUU, Donald Trump, a través de su red Truth Social, informaba y confirmaba al mundo y a los venezolanos sus sospechas: Nicolás Maduro y su esposa habían sido capturados y trasladados a una embarcación en el Caribe.
Fue, sin duda, la madrugada más feliz para millones de venezolanos dentro y fuera del país. Una celebración silenciosa, contenida en Venezuela por precaución, porque ya las mazmorras de Maduro están abarrotadas de inocentes que manifiestan y luchan por un cambio político.
Pero aunque usted no lo crea, los más sorprendidos no fueron los ciudadanos de a pie, sino el propio entorno de Maduro y Cilia Flores. Habían entregado su seguridad y su confianza a los cubanos, quienes, según fuentes, terminaron infiltrados y proporcionando las coordenadas exactas de su paradero. Se dice que al menos dos de ellos permanecen vivos y cooperan hoy con las autoridades estadounidenses.
El alto mando militar no durmió en Caracas la noche del 2 de enero. Aún celebraban la llegada del Año Nuevo y jamás contemplaron, ni siquiera en el escenario más crítico, una operación tan perfecta como la ejecutada contra Bin Laden; con la diferencia de que Maduro y “Cilita” fueron extraído con vida. Confiaron en la tecnología rusa, que falló por múltiples razones, siendo la principal la falta de mantenimiento y de experticia. Así lo explicó el estratega Robert Evan Ellis, profesor del U.S. Army War College Strategic Studies Institute, en una entrevista concedida a EVTV Miami.
Esta información fue corroborada con militares venezolanos activos responsables de la defensa aérea. No es cuento: los generales se encontraban en Margarita, Los Roques y otros destinos de placer, pero no en Caracas. Lo mismo ocurrió con Nicolás Maduro Guerra (hijo de Maduro) quien sí pernoctaba en la capital, aunque de parranda esa madrugada, hasta que fue sacado de donde se encontraba para informarle que a su padre se lo habían llevado los americanos.
De ahí la soledad del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, cuando ofreció aquel mensaje grabado y visiblemente improvisado. No logró reunir a ningún funcionario del alto mando que lo acompañara. Todos eran responsables de la seguridad del depuesto presidente y jefe del Cartel de los Soles, pero ninguno lloró a Maduro. Optaron por salvarse.
Entre los soldados, el sentimiento tampoco fue de defensa de la soberanía, sino de justicia. Ellos presenciaron el robo electoral del 28 de julio de 2024 y sabían que lo ocurrido no era una invasión, sino el desenlace de años de abuso.
El régimen moribundo intentó vender la idea de que Cilia Flores se entregó a la Delta Force por amor, pero esa narrativa no se sostiene. Su captura fue un mensaje claro: la justicia también alcanza a esposas y familiares de militares y funcionarios implicados en los delitos de Maduro.
Según testigos presentes en el juicio de presentación y analistas como la periodista Celia Mendoza, corresponsal de la Casa Blanca durante varias administraciones, el rostro de Maduro en la sala reflejaba desconcierto absoluto. Era la imagen de un hombre que jamás imaginó verse en ese lugar.
El poder absoluto corrompe absolutamente. Atropella sin contemplación, se burla del prójimo y convierte al adversario en enemigo. Maduro vive hoy los peores días de su vida. Tal vez pensó que el país se levantaría, que resistirían, que se movilizarían para liberarlo. Nada de eso ocurrió. Nadie lo lloró. Todos buscan no recorrer su mismo camino.
Hoy debe saborear la traición en cada minuto de confinamiento. Cada segundo debe sentirse eterno. Si algo tiene claro es que no hay regreso ni salida. Dicen que después del 20 de diciembre de 2025 intentó negociar con los estadounidenses, pero ya era tarde. El tiempo se le había acabado. Dudó, confió de más en los cubanos y fue sorprendido por su propio exceso de confianza.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, hoy lucha entre obedecer o defender un criterio propio. No parece tener alternativa distinta a cumplir lo que dicte Washington. De lo contrario, como advierten fuentes citadas por Reuters y Bloomberg, no existe plena confianza en su relación con China, Rusia e Irán. Y si desobedece, sabe bien cuál será el desenlace, ante la advertencia del secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio: volver a atacar.
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Maduro no cayó solo por una operación militar impecable, sino porque ya estaba moralmente derrotado. Lo abandonaron sus cómplices, lo traicionó el miedo de quienes le juraron lealtad y lo condenó el desprecio de un país al que saqueó sin piedad. El poder que creyó eterno se disolvió en una madrugada, sin pueblo en la calle ni fusiles en su defensa. Así terminan los tiranos: solos, traicionados y sin duelo. La historia no absolve a quien gobierna con terror, y Venezuela ya pasó la página.
A Maduro no lo lloró nadie.
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