En la frontera colombo-venezolana reviven viejas crisis que amenazan la región

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Lo que para muchos es una noticia lejana, para miles de personas en la frontera colombo-venezolana es una crisis cíclica que se repite con la precisión de un reloj roto. Mientras los fondos humanitarios europeos intentan mitigar el impacto, la sombra de un nuevo actor armado amenaza con desatar una nueva ola de desplazamientos en una región que aún no termina de sanar las heridas de su pasado reciente.

El fantasma de 2025 y la doble cara del conflicto

La memoria colectiva aún conserva las crudas imágenes de enero de 2025, cuando los enfrentamientos entre grupos armados obligaron a más de once mil personas a huir de sus hogares en solo una semana. Muchos de ellos terminaron refugiándose en lugares improvisados como el Estadio General Santander en Cúcuta, llegando apenas con lo que llevaban puesto tras largas caminatas.

Esta región se ha convertido en el epicentro de una tragedia dual: por un lado, las seis décadas de conflicto armado interno en Colombia; por otro, la persistente crisis social y humanitaria de Venezuela. El Catatumbo y Arauca actúan como receptores de migrantes venezolanos que, huyendo de la precariedad en su país, terminan atrapados en zonas golpeadas por la guerra.

Más allá de un kit de higiene: La salud en la línea de fuego

Frecuentemente se reduce la ayuda humanitaria a la entrega de suministros básicos, pero la realidad en el terreno es mucho más compleja. Organizaciones como la Cruz Roja, que gestionan los fondos de la Unión Europea, advierten que la asistencia debe ser integral.

La ayuda real hoy significa:

  • Controles prenatales para gestantes desplazadas.
  • Seguimiento y medicamentos para pacientes con enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión.
  • Atención a ciudadanos venezolanos que cruzan la frontera buscando tratamientos sencillos que en su país son inexistentes.

El confinamiento: la prisión sin muros

Existe un fenómeno que el delegado de la Cruz Roja, Javier González, califica como «invisible»: el confinamiento. En lugar de huir, comunidades enteras quedan atrapadas por el control de los actores armados. Los niños dejan de ir a la escuela, los campesinos no pueden cultivar y nadie sale a buscar atención médica. Es una parálisis social impuesta por el miedo que dificulta enormemente la llegada de la ayuda externa.

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Un futuro financiado, pero incierto

Para intentar contener este desastre, la Unión Europea ha proyectado fondos significativos. En 2025 se destinaron 21 millones de euros para las víctimas en Colombia. De cara a 2026, la inversión humanitaria para Venezuela ascenderá a 52 millones de euros, mientras que para Colombia se prevén 17 millones, enfocados especialmente en los desplazados de las zonas fronterizas.

A pesar de estos esfuerzos, el destino de quienes huyen sigue siendo incierto. Algunos logran retornar cuando la tensión disminuye, pero otros se quedan en ciudades como Cúcuta o Tibú, dejando de ser desplazados para convertirse en una nueva población urbana en situación de vulnerabilidad extrema. En el Catatumbo, la historia parece condenada a repetirse entre el desplazamiento, el confinamiento y la lucha por la supervivencia.

Redacción Albitrio Fabrepe para DHH.

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