La historia contemporánea de América Latina suele rimar de formas insospechada. A poco más de cinco meses de la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de fuerzas estadounidenses, y con el ascenso de Delcy Rodríguez a la presidencia encargada de Venezuela, algunas personas han comenzado a desempolvar uno de los episodios más complejos del intervencionismo norteamericano: la Enmienda Platt de 1901.

El paralelismo, que en un principio podría parecer distante, cobra una vigencia alarmante tras los recientes acontecimientos de 2026. En su momento, el célebre intelectual cubano Carlos Alberto Montaner acuñó una tesis fundamental: la Enmienda Platt se convirtió en una «trampa» en la que Washington cayó por su propio peso. Aunque formalmente transformó a Cuba en un protectorado, los políticos criollos cubanos —a quienes Montaner describía como «bastante listos»— aprendieron rápidamente a manipular al «elefante» norteamericano, utilizando la fuerza y el respaldo de la superpotencia para aplastar a sus rivales internos y consolidar su propio poder sectorial, dejando a los estadounidenses con la ilusión del control.
Hoy, la gran interrogante que recorre es si Delcy Rodríguez está ejecutando la misma partitura frente a la administración de Donald Trump: ¿Está la presidenta encargada fingiendo sumisión para convertir el peso de los Estados Unidos en el gendarme que, paradójicamente, garantice la supervivencia de la Revolución Bolivariana?
La anatomía de la trampa: De la Cuba de 1901 a la Venezuela de 2026
Para comprender el riesgo actual, es imperativo analizar el mecanismo de la Enmienda Platt original. Tras la guerra Hispano-Estadounidense, Estados Unidos impuso leyes en la Constitución cubana, otorgándose el derecho legal de intervenir militarmente en la isla para «preservar la independencia y la estabilidad».
Sin embargo, como explicaba Montaner, ocurrió un fenómeno de transferencia de utilidad: los gobernantes cubanos, en lugar de resistir la enmienda, la instrumentalizaron. Si un grupo opositor amenazaba su mandato, el gobernante de turno tensionaba la cuerda para que Washington interviniera o amenazara con intervenir, congelando el statu quo en favor del bando gobernante. El control interno de la política seguía siendo estrictamente criollo; Estados Unidos solo era el músculo útil.
En el tablero venezolano de 2026, la administración Trump opera bajo una premisa similar. Con Maduro en el Centro de Detención de Brooklyn y el anuncio de que la Casa Blanca administrará los ingresos de 50 millones de barriles de petróleo venezolano, Washington celebra la situación actual como un protectorado económico de facto. Trump elogia a Rodríguez como una «persona estupenda» y desestima su retórica antiimperialista como un simple «teatro» necesario para sus bases.
Aquí radica el núcleo del posible error de cálculo estadounidense. Al igual que el gobernador militar Leonard Wood en la Cuba de principios del siglo XX, la Casa Blanca cree que al controlar el recurso (el petróleo) y la cúspide (la amenaza de la DEA), controla el sistema. Pero el sistema venezolano tiene raíces mucho más profundas y pragmáticas.
La estrategia del «policía bueno y policía malo»: El Factor Cabello
Uno de los pilares de la tesis de la «trampa de la Enmienda Platt» en Venezuela es el reparto de roles dentro del chavismo post-Maduro. Mientras Delcy Rodríguez proyecta una imagen de tecnócrata pragmática, dispuesta a firmar leyes que permitan operar formalmente a las petroleras estadounidenses y a promulgar Leyes de Amnistía limitadas, tras bambalinas opera el ala dura de la revolución.
Diosdado Cabello, ministro del Interior mantiene el control territorial y represivo del Estado. A pesar de que la justicia estadounidense ofrece una recompensa de 25 millones de dólares por su captura, Cabello y Rodríguez se muestran alineados en el plano interno.
¿Cómo se traduce esto en la lógica de la Enmienda Platt? Rodríguez estaría utilizando la figura de Cabello como un mecanismo de contención y negociación frente a Trump:
De este modo, Rodríguez logra que el propio gobierno de Trump, en su deseo por mantener la estabilidad energética y vender la salida de Maduro como un éxito pacífico de política exterior, actúe como el protector indirecto de su gobierno. Washington se ve obligado a sostener a Delcy Rodríguez para evitar el colapso total, cayendo exactamente en la trampa que describía Montaner: utilizar al gendarme extranjero en beneficio del grupo en el poder.
El engaño del pragmatismo: Comprar tiempo para la revolución
Una de las tesis sobre este tema sugiere que el objetivo final de Rodríguez no es la transición hacia una democracia liberal como la que imagina el secretario de Estado, Marco Rubio, sino la mutación del chavismo hacia un modelo de autoritarismo de mercado de corte euroasiático.
Al «doblarse para no romperse», la presidenta encargada busca tres objetivos fundamentales utilizando la fuerza estadounidense a su favor:
- Oxigenación económica: Permitir la inversión de corporaciones estadounidenses para frenar la hiperinflación y reactivar el aparato productivo. Si el ciudadano promedio percibe una mejora económica bajo la gestión de Rodríguez, la popularidad del gobierno —mermada tras el ciclo de Maduro— comenzará a recuperarse.
- Legitimación interna y desmovilización: La Ley de Amnistía y la liberación de algunos presos políticos operan como una válvula de escape que desarma la presión internacional y fragmenta a la oposición venezolana, dividida entre quienes desean cooperar con el nuevo marco económico y quienes exigen el cumplimiento de los resultados electorales de 2024.
- El control del cronograma electoral: Mientras Marco Rubio y los sectores más doctrinarios de Washington presionan por elecciones presidenciales inmediatas, Rodríguez —apoyándose en el ala pragmática de Trump que prefiere «no salpicar el petróleo»— dilata los plazos. El plan es claro: convocar a elecciones únicamente cuando la recuperación económica garantice que el chavismo pueda competir y ganar de forma legítima en las urnas, consolidando la permanencia de la revolución por vías formales.
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Conclusión: El elefante en la cristalería
El error histórico de los Estados Unidos en la Cuba de la Enmienda Platt fue creer que el poder militar y formal equivalía al control social y político de una nación. Cien años después, el riesgo en Venezuela es idéntico.
Si la administración Trump continúa evaluando el éxito de su política en Caracas basándose únicamente en los barriles de petróleo entregados y en la docilidad superficial de los discursos de Delcy Rodríguez, despertará demasiado tarde a la realidad que Sumner Welles descubrió en los años treinta: que los líderes locales utilizaron el peso de Washington para atrincherarse en el poder.
El chavismo, cuyo ADN político está diseñado para la supervivencia extrema, parece estar logrando lo impensable: domesticar al elefante estadounidense para que, en lugar de aplastarlos, barra el camino para la continuidad de su propio proyecto político.
Redacción equipo DHH con ayuda de IA.
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