En la volátil política venezolana, donde las lealtades se quiebran y los destinos se invierten, el mes de febrero de 2026 ha marcado un hito que roza la ironía poética. Quien hasta ayer era el dueño absoluto de las tarimas y los micrófonos en plena vía pública, el ministro Diosdado Cabello, parece haber quedado reducido a espacios cerrados y teléfonos. Mientras tanto, Juan Pablo Guanipa, el hombre que pasó ocho meses tras los muros de una celda, ha recuperado no solo su libertad, sino el control físico de la calle con una contundencia que ha dejado al oficialismo en un silencio sepulcral.

02/08/2026. El contraste es, por decir lo menos, cinematográfico. Hasta hace apenas unos meses, Cabello se jactaba de su control territorial. Hoy, la realidad le ha devuelto una imagen distinta: el «número dos» del chavismo ha pasado de liderar manifestaciones a emitir advertencias con un tono «inusualmente tenso». En sus más recientes intervenciones, Cabello ya no habla desde la primera línea de una movilización, sino a través de un frío contacto telefónico transmitido por VTV, desde donde implora una «unidad». Su mensaje es claro: «Si nos ven uno por aquí y otro por allá, nos van a comer uno por uno».
Del encierro a la caravana
En la otra acera, la estampa de Juan Pablo Guanipa tras su liberación el domingo 8 de febrero es el vivo retrato de la calle recuperada. No hubo periodo de adaptación ni descanso para el dirigente opositor. Apenas horas después de salir de su detención —que inició en mayo de 2025—, Guanipa se subió a una moto y lideró una caravana masiva hacia la Zona 7 y El Helicoide, el mismo lugar donde otros tantos compañeros aún esperan justicia.
Con la bandera de Venezuela en mano y rodeado de una multitud en la Plaza Madariaga, Guanipa ha pasado de ser un número de expediente a ser el rostro de una oposición que vuelve a tomar el pulso de la ciudad. Mientras Cabello advierte sobre «personalismos» y «grupitos» desde la seguridad de un auricular, Guanipa se permite el lujo de hablarle de frente a los caraqueños, exigiendo que se reconozca la «verdad» de los resultados electorales y abogando por una reconciliación que ya no parece pasar por el filtro del PSUV.
La ironía del «Poder Popular»
Resulta fascinante observar cómo las piezas del tablero han cambiado de color. El Ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz, el encargado de la seguridad y el orden, parece hoy el hombre más inseguro de la estructura gubernamental. Admitir públicamente que el fin del chavismo podría estar cerca si no cierran filas es una confesión de vulnerabilidad que la calle, siempre atenta, ha sabido leer correctamente.
La ironía es punzante: el chavismo convoca marchas para pedir la liberación de Nicolás Maduro —detenido en Estados Unidos—, pero sus líderes más visibles prefieren la distancia de una llamada telefónica para dar instrucciones. Guanipa, con el estigma de la prisión aún fresco, ya ha visitado dos centros de reclusión en menos de 24 horas, no como reo, sino como líder que moviliza masas.
El mapa político de Caracas ha dado un vuelco de 180 grados. Mientras Cabello se desvanece en las ondas hertzianas de la televisión estatal, el ruido de las motos de Guanipa resuena en las cercanías de las prisiones que antes lo custodiaban. Hoy, el asfalto tiene un nuevo dueño, y el teléfono, un usuario que parece no querer —o no poder— salir de casa.
Redacción Albitrio Fabrepe para DHH.
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