Cinco claves para entender la historia petrolera de Venezuela

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En los últimos días, la industria petrolera venezolana volvió al centro del debate internacional. El presidente estadounidense Donald Trump anunció el 3 de enero nuevas acciones contra el gobierno venezolano, incluida la extracción del líder venezolano Nicolás Maduro, y afirmó que, con la participación de empresas estadounidenses, la industria petrolera de Venezuela podría recuperarse en un plazo de 18 meses. Trump sostuvo que Estados Unidos enviaría a sus grandes petroleras para invertir en la reparación de una infraestructura petrolera dañada.

01/09/2026. Articulo tomado con la permisologia de yaleclimateconnections.org

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero su industria petrolera opera hoy muy por debajo de su potencial histórico. Para entender cómo el país pasó de ser uno de los principales productores globales a enfrentar una profunda crisis energética, este artículo resume cinco claves que explican la evolución, el deterioro y el papel geopolítico del petróleo venezolano a lo largo del último siglo.

“A mí lo que me obligó a irme del país fue la falta de medicinas; todo se relaciona. Escasez de gasolina, inflación y desabastecimiento. Yo vivía en Puerto la Cruz (Estado Anzoátegui, noreste de Venezuela). La situación económica era tan grave que varias personas de mi círculo social se suicidaron. Fue una situación terrible y hoy no estamos muy lejos de eso”, declaró una venezolana que ahora vive en España, desde el anonimato porque tiene miedo de represalias del gobierno de Venezuela.

Cómo nació la industria petrolera venezolana y el papel clave de Estados Unidos

La industria petrolera venezolana comenzó a tomar forma a principios del siglo XX, cuando el descubrimiento de grandes yacimientos transformó al país en uno de los principales productores de crudo del mundo. El hito más citado ocurrió en 1922, con el reventón del pozo Barroso II en el estado Zulia en el noreste del país, en la cuenca del Lago de Maracaibo, que marcó el inicio de la explotación petrolera a gran escala y cambió para siempre la economía venezolana.

Durante las décadas siguientes, la producción, la infraestructura y la comercialización del petróleo venezolano quedaron en manos de compañías extranjeras, principalmente estadounidenses y británicas. Una de las más importantes fue Creole Petroleum Corporation, filial de Standard Oil, que llegó a controlar una parte sustancial de la producción nacional. Estas empresas construyeron campos petroleros, oleoductos, terminales portuarias y refinerías, sentando las bases técnicas de la industria moderna del país.

Antes de la nacionalización en 1976, el modelo era de concesiones: las empresas extranjeras extraían el crudo, lo procesaban o lo enviaban al exterior, y pagaban al Estado venezolano regalías e impuestos, mientras la mayor parte de las ganancias se quedaba en manos de las compañías. En términos simples, Venezuela recibía ingresos fiscales, pero no controlaba directamente ni la producción ni la comercialización, y gran parte del petróleo se refinaba en instalaciones ubicadas en Estados Unidos, especialmente en la costa del Golfo de México.

Este esquema permitió un rápido crecimiento productivo: para mediados del siglo XX, Venezuela ya era uno de los mayores exportadores de petróleo del mundo y el crudo se había convertido en el eje de su economía. Al mismo tiempo, el país comenzó a jugar un papel relevante en la política energética internacional. En 1960, Venezuela fue uno de los cinco países fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, o OPEP, junto con Arabia Saudita, Irán, Irak y Kuwait, con el objetivo de coordinar políticas petroleras y mejorar el poder de negociación de los países productores frente a las grandes compañías internacionales.

Este modelo de industria dominada por empresas extranjeras se mantuvo hasta la nacionalización del petróleo en 1976, cuando el estado venezolano asumió el control directo del sector. Para entonces, la infraestructura, el conocimiento técnico y los vínculos comerciales del petróleo venezolano ya estaban profundamente integrados al mercado estadounidense, particularmente a refinerías de la costa del Golfo diseñadas para procesar crudo pesado. De acuerdo con la Administración de Información Energética de Estados Unidos, ese diseño histórico sigue influyendo en la forma en que el petróleo venezolano se produce, transporta y refina hasta hoy, ya que buena parte del crudo del país continúa requiriendo instalaciones especializadas desarrolladas a lo largo del siglo XX.

Tras la nacionalización de la industria petrolera en 1976 bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el Estado venezolano creó Petróleos de Venezuela, o PDVSA como empresa petrolera estatal encargada de la exploración, producción, refinación y exportación de crudo. Desde su nacimiento, PDVSA pasó a ser el eje central de la economía venezolana y la principal fuente de ingresos del país.

Durante las décadas de 1980 y 1990, el sector petrolero llegó a aportar alrededor del 25 % del producto interno bruto (PIB), más de la mitad de los ingresos fiscales del Estado y entre el 80 % y el 90 % de las exportaciones totales de Venezuela, según datos del Banco Mundial y de la Administración de Información Energética de Estados Unidos.

En ese período, PDVSA operó con altos niveles de autonomía técnica y gerencial, mantuvo asociaciones con empresas internacionales y logró sostener niveles de producción superiores a los 3 millones de barriles diarios, lo que ubicó a Venezuela entre los principales productores de la OPEP.

El peso de PDVSA en la economía hizo que el petróleo financiara buena parte del gasto público, la inversión en infraestructura y la entrada de divisas, reforzando la dependencia estructural del país respecto a la renta petrolera.

Caída de la producción y el uso del petróleo como herramienta de política exterior (1999–2013)

Durante el gobierno de Hugo Chávez (1999–2013), la producción petrolera venezolana comenzó a descender tras haber alcanzado sus niveles más altos a finales de la década de 1990. En 1998, antes de la llegada de Chávez al poder, PDVSA producía 3,4 millones de barriles diarios, lo que ubicaba al país entre los principales productores de la OPEP. En los años siguientes, la producción inició una reducción progresiva que se profundizaría con el tiempo.

2002–2003: El despido de miles de trabajadores

Entre 2002 y 2003, durante el paro cívico, una paralización de actividades impulsadas por sectores de trabajadores y directivos de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), la patronal Fedecámaras, la oposición y PDVSA, el gobierno llevó a cabo una reestructuración profunda de PDVSA que incluyó el despido de más de 18.000 trabajadores, entre ellos ingenieros, geólogos, gerentes y personal técnico altamente especializado. Diversos análisis coinciden en que la reducción abrupta de personal con amplia experiencia debilitó de forma duradera la capacidad operativa, de mantenimiento y de gestión de la empresa estatal, con efectos que se reflejaron en la producción y el desempeño técnico de la industria en los años posteriores; además, contribuyó al éxodo de venezolanos a partir de la década de 2010. “Con el paro petrolero teníamos la esperanza de que la situación mejoraría, pero el resultado fue adverso. Empezó el desabastecimiento y las colas para echar gasolina. Me enfermé de cistitis por esperar tantas horas las ganas de ir al baño en una de esas colas de 12, 14, 16 horas. Todo era una agonía, las escuelas cerraban, los negocios quebraban, en fin”, afirmó un residente de Florida, quien no quiere dar su identidad porque tiene un asilo político y tiene miedo de represalias del gobierno venezolano.

Katherine Suárez explicó desde Texas quien que se desempeñaba como ingeniero de automatización de PDVSA en Maturín, estado Monagas, situado en el nororiente de Venezuela.

“Durante la crisis petrolera de 2002–2003 pasé de tener estabilidad y un proyecto de vida claro a enfrentar la incertidumbre absoluta. Como empleada de PDVSA fui despedida y posteriormente incluida en una lista negra, lo que significó no solo la pérdida del empleo, sino también el cierre de casi todas las oportunidades laborales en el país. Cada día se convirtió en una lucha por sobrevivir y cubrir las necesidades básicas, mientras la dignidad profesional era constantemente puesta a prueba”, ella declaró vía telefónica.

“La situación fue aún más devastadora para mi familia”, añadió. “Mi madre, con 35 años de servicio en PDVSA, fue despedida de un día para otro. Perdió su retiro, los beneficios construidos durante décadas de trabajo y, con el tiempo, también bienes materiales que habían sido fruto de toda una vida de esfuerzo. Verla pasar de la seguridad a la angustia, del reconocimiento a la exclusión, marcó profundamente nuestra rutina diaria y nuestro estado emocional. La crisis no solo nos afectó económicamente, sino también a nivel emocional y psicológico: el miedo, la frustración y la sensación de injusticia se volvieron parte de la vida diaria. Ella murió en el exilio siempre con la esperanza de volver a su amada PDVSA”.

2004-2007: Uso del petróleo en la diplomacia regional

En ese mismo período, el petróleo se utilizó de forma explícita como instrumento de política exterior. El caso más significativo fue la relación con Cuba. A partir de la década de 2000, Venezuela envió hasta cerca de 90.000 barriles diarios de petróleo a la isla en condiciones altamente preferenciales, con amplios plazos de financiamiento y sin pago inmediato en efectivo. A cambio, Cuba desplegó en Venezuela decenas de miles de médicos y personal de inteligencia militar, de acuerdo con informes del Congreso de Estados Unidos.

De manera paralela, el gobierno de Chávez utilizó la filial estadounidense de PDVSA, CITGO Petroleum Corporation, para impulsar programas de combustible subsidiado dirigidos a comunidades de bajos ingresos en ciudades como Boston, Nueva York y Filadelfia, como parte de la diplomacia petrolera venezolana.

2007: Expropiaciones y ruptura contractual

En 2007, el gobierno decretó que PDVSA debía poseer al menos el 60 % de participación en todos los proyectos de crudo pesado de la Faja del Orinoco, obligando a las empresas extranjeras a aceptar nuevas condiciones contractuales o abandonar el país. Como consecuencia, ExxonMobil y ConocoPhillips se retiraron de Venezuela tras rechazar los nuevos esquemas de control estatal.

2008–2013: Arbitrajes internacionales y pasivos financieros

Tras las expropiaciones, las empresas afectadas iniciaron procesos de arbitraje internacional que, en los años siguientes, fueron fallados en contra del Estado venezolano. Registros del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) y análisis del Council on Foreign Relations indican que Venezuela acumula más de 10.000 millones de dólares en laudos arbitrales y reclamaciones pendientes, en gran parte correspondientes a empresas petroleras estadounidenses, lo que se tradujo en un pasivo financiero significativo y en un deterioro adicional de la confianza de los inversionistas.

Escasez de gasolina y deterioro social (2014–presente)

A partir de 2014, el colapso de la industria petrolera venezolana comenzó a sentirse de forma directa en la vida cotidiana. La caída de la producción, la paralización parcial de refinerías y los problemas operativos se tradujeron en una escasez crónica de gasolina, incluso en un país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Reportes de Reuters documentan que, a medida que las refinerías estatales dejaron de producir suficiente combustible, regresaron las largas filas en las estaciones de servicio, obligando a conductores a esperar horas e incluso días para poder abastecerse.

Este deterioro interno se desarrolló tras años en los que el petróleo venezolano fue utilizado como herramienta de política exterior, particularmente durante el chavismo. Además de los acuerdos con Cuba, Venezuela canalizó crudo y financiamiento petrolero hacia aliados estratégicos como China, Rusia e Irán, mediante préstamos respaldados con petróleo, esquemas de pago en crudo y acuerdos de cooperación energética. Según la Administración de Información Energética estadounidense, estos mecanismos permitieron a esos países asegurar acceso al crudo venezolano, incluso mientras la inversión y el mantenimiento de la infraestructura interna se debilitaban.

La situación se agravó en momentos clave, como durante 2020, cuando la combinación de fallas internas y restricciones externas profundizó la escasez. Un análisis del Center for Strategic and International Studies señala que durante la pandemia de COVID-19 la falta de gasolina paralizó el transporte, afectó la distribución de alimentos y convirtió las filas en una experiencia cotidiana en amplias zonas del país.

Esta crisis de combustible se desarrolló en paralelo al deterioro general de las condiciones de vida. De acuerdo con el Banco Mundial, Venezuela atravesó una prolongada contracción económica que empujó a una parte significativa de la población a la pobreza, reduciendo el acceso a alimentos, transporte y servicios básicos. La escasez de gasolina amplificó estos problemas al encarecer el traslado de personas y mercancías y limitar la actividad económica en regiones enteras.

Así, la crisis petrolera de las últimas décadas dejó de ser un fenómeno técnico para convertirse en una experiencia diaria, visible en las colas para surtir gasolina y en el deterioro del bienestar de la población. La escasez de combustible y el aumento de la pobreza reflejan cómo la pérdida de capacidad operativa del sector petrolero terminó afectando no solo las cuentas del Estado, sino también la vida cotidiana de millones de venezolanos. “En 2003 trabajaba en un periódico en el centro de Caracas. A raíz de la crisis nos suspendieron del periódico y nos pagaban el 30% de nuestro sueldo más bonos alimenticios. A los tres meses me despidieron. Mi esposo trabajaba como traductor en un canal de cable estadounidense y también lo despidieron”. Afirmó María García vía telefónica desde Caracas [estamos utilizando solo sus segundos nombres]: “La falta de gasolina nos obligó a comprar bicicletas y era nuestro medio de transporte en una ciudad de montaña. Después de unos meses, nos divorciamos, la crisis nos consumió”.

Otra persona que ahora vive en Chile y que no quería que publiquemos su nombre dijo: “Durante la crisis de 2003 era estudiante universitario. Vivía en San Cristóbal y estuve atendiendo a mi padre, quien padecía una enfermedad que requería cuidados. Fue toda una odisea trasladarlo a hacerse los exámenes que necesitaba en el hospital por las largas filas para echar gasolina y las tensiones de protestas que se vivían en la calle”.

Otra persona viviendo en el oeste de Venezuela dijo: “Hemos vivido días muy fuertes al pasar noches enteras viviendo y durmiendo en cola (para llenar el tanque de gasolina del carro); eso fue extenuante, la incertidumbre era fuerte. En ese momento, por primera vez pensé en emigrar, pero mi familia dependía de mí y no los podía abandonar. Me quedé en el país pese a las dificultades”.

Puedes leer: Chevron reactiva el puente petrolero: tres buques venezolanos zarpan hacia EE.UU. en plena presión de sanciones

Sanciones, giro geopolítico y el papel clave de Chevron (2017–presente)

El colapso de la industria petrolera venezolana se profundizó a partir de 2017, cuando Estados Unidos impuso sanciones financieras que restringieron el acceso del país a los mercados internacionales, y se agravó en 2019 con sanciones directas al sector energético y a Petróleos de Venezuela. Estas medidas aceleraron la caída de la producción y las exportaciones, que ya venían debilitadas por años de poca o inexistente inversión y deterioro operativo, según la Administración de Información Energética estadounidense.

En este contexto, Chevron se consolidó como un actor central. La petrolera estadounidense, con 102 años de presencia en Venezuela, es actualmente la única gran compañía de EE. UU. que opera en el país y produce cerca de una cuarta parte del petróleo venezolano, gracias a licencias específicas otorgadas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Venezuela.

De acuerdo con datos de la OPEP, las exportaciones de crudo se desplomaron de casi 2 millones de barriles diarios en 2015 a menos de 500.000 en 2021, aunque desde 2023 se observa una recuperación parcial: 655.000 barriles diarios en 2024 y 921.000 barriles diarios en noviembre de 2025.

Estados Unidos flexibilizó parcialmente las sanciones en noviembre de 2022 durante la presidencia de Joe Biden, permitiendo a Chevron reanudar exportaciones desde Venezuela, y renovó esa autorización en octubre de 2025. Como resultado, Estados Unidos volvió a figurar entre los principales destinos del crudo venezolano, aunque China sigue siendo el mayor comprador: según la EIA, en 2023 cerca de dos tercios de las exportaciones petroleras venezolanas se destinaron a China y alrededor del 23 % a EE. UU.

La evolución de la industria petrolera venezolana refleja cómo la pérdida de capacidad operativa, la falta de inversión y el deterioro institucional han ido acompañados de impactos ambientales documentados.

Informes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y de la Academia Venezolana de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, que examinan la situación de derechos económicos, sociales y culturales en Venezuela, también han señalado preocupaciones sobre el derecho a un medio ambiente sano en el contexto de la crisis prolongada del país y afirman que la falta de mantenimiento en instalaciones petroleras ha contribuido a derrames recurrentes de crudo, especialmente en la cuenca del Lago de Maracaibo, afectando ecosistemas y actividades económicas locales. Estos elementos muestran que cualquier evaluación del futuro del petróleo venezolano debe considerar no solo producción e inversión, sino también los costos ambientales acumulados.

Articulo original Cinco claves para entender la historia petrolera de Venezuela » Yale Climate Connections redactado por Johani Carolina Ponce, experimentada periodista, editora y profesional en comunicaciones multiculturales.

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