La República Pendiente: El rediseño del vínculo entre petróleo, poder y Estado en Venezuela

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Articulo de opinión en video y escrito de Guido Briceño sobre temas de Venezuela: La República Pendiente.

01/31/2026. Amigos, un saludo. Yo soy Guido Briceño y esto es La República Pendiente. Ayer ocurrieron tres hechos que, leídos por separado, pueden parecer técnicos. Leídos juntos, marcan un quiebre histórico.

Ayer se aprobó definitivamente la reforma a la Ley de Hidrocarburos. Ayer el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió una nueva licencia general para Venezuela. Y ayer se anunció la reapertura del espacio aéreo entre Venezuela y Estados Unidos, con la expectativa real de que vuelvan los vuelos directos.

No son hechos aislados, forman parte de un mismo movimiento. Y hay que decirlo con claridad: lo que estamos viendo no es un gesto de buena voluntad. Es un rediseño del vínculo entre petróleo, poder y Estado en Venezuela.

Durante décadas se nos repitió una idea simple, casi infantil. El petróleo es nuestro, pase lo que pase. No importa quién lo saque, quién invierta, quién asuma el riesgo.

El petróleo es nuestro por decreto y por geografía. Ese mito acaba de romperse. La nueva ley, aprobada ayer, admite por primera vez algo que durante medio siglo fue políticamente intocable:

que la inversión privada pueda ejercer actividades primarias de exploración y producción y bajo control operativo real. Eso no es un mero detalle técnico. Es el reconocimiento explícito de que el Estado venezolano ya no puede sostener la industria por sí solo.

Pero el segundo movimiento es igual o más importante. La licencia emitida por OFAC no solo autoriza operaciones, ordena el tablero geopolítico. Venezuela no puede vender petróleo a Cuba, ni a Irán, ni a Rusia, ni a Corea del Norte.

Se cierra definitivamente ese eje político construido durante años. Y, más aún, los ingresos derivados de la comercialización petrolera no ingresan libremente al circuito fiscal venezolano. Son canalizados bajo supervisión del Departamento del Tesoro de Estados Unidos en cuentas específicas establecidas para tales fines.

Dicho sin rodeos, la operación se flexibiliza, pero la renta se tutela. En Caracas se habilita la producción porque no se puede producir solo. Y Washington controla las exportaciones e ingresos porque no confía en la administración.

Eso no es soberanía clásica, tampoco es ocupación. Es una estabilización condicionada. Y aquí aparece una verdad incómoda que Venezuela ha evitado enfrentar durante demasiado tiempo.

El problema nunca fue atraer inversión. El problema fue creer que podía hacerse sin reglas, sin controles, sin instituciones. Por eso preocupa que, junto a estas reformas, siga intacta una alta discrecionalidad del Poder Ejecutivo.

La ley avanza, sí, pero deja demasiadas decisiones críticas sujetas a autorizaciones políticas y no a normas estables. Eso va en dirección contraria a una reconstrucción plena del Estado de Derecho. Y, sin embargo, decir esto no implica negar la realidad social del país.

Venezuela está en pobreza. Hay gente que no llega a fin de mes. Hay salarios que no alcanzan.

Pero Venezuela no admite más demagogia. No admite más promesas fáciles. No admite discursos de bonos milagrosos ni aumentos decretados que no tienen respaldo productivo.

La pobreza no se combate con consignas. Se combate con crecimiento, inversión, empleo y reglas claras. Por eso resulta preocupante escuchar, incluso desde sectores que se dicen opositores, volver al lenguaje del paternalismo.

Como si la crisis se resolviera repartiendo dinero que no existe, como si no hubiéramos aprendido nada. Nada de esto es incompatible con la reinstitucionalización del país. Al contrario, una cosa exige la otra.

Puede avanzarse en recuperación económica mientras se avanza en lo político. Liberar presos políticos, cerrar la puerta giratoria, restituir derechos. Pero eso no se logra con atajos ni con discursos cómodos.

Ayer también se anunció la reapertura del espacio aéreo con Estados Unidos y para muchos de nosotros, los venezolanos, eso no es geopolítica. Es vida cotidiana. Menos horas de viaje, menos costos, más conexión con el mundo.

Ese dato importa porque muestra algo concreto. Cuando se toman decisiones racionales, los efectos se sienten. Lo que estamos viviendo no es una transición democrática.

Puedes leer: Gorbachov a la presidenta venezolana: «Si solo gana tiempo para permanecer en el poder, será devorada por la próxima crisis»

Es una fase de reordenamiento, de control, de oportunidad limitada. No hay garantías, hay una ventana. Y esa ventana no la va a aprovechar ningún gobierno por sí solo.

Dependerá de si los venezolanos somos capaces de abandonar los mitos. El mito del petróleo eterno, el mito del Estado omnipotente, el mito del populismo salvador. El fin del mito petrolero no es una tragedia.

Puede ser, si se entiende bien, el comienzo de una relación más adulta entre el país, la riqueza y la república. Salud. Seguimos.

Artículo de opinión de Guido Briceño reproducido con autorización para DHH.

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