Venezuela en coyuntura: ¿Puede la «retrotopía» de los subsidios sepultar los cambios democráticos?

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Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 y el inicio de un incierto periodo de transición tutelado por Estados Unidos, Venezuela se encuentra en una encrucijada que trasciende lo puramente electoral. Mientras figuras como María Corina Machado personifican la esperanza de una restauración democrática, un peligro invisible acecha la estabilidad del país: la retrotopía.

02/16/2026. Según el concepto desarrollado por el sociólogo Zygmunt Bauman, la sociedad venezolana, tras décadas de dependencia estatal, podría sucumbir a la tentación de idealizar el pasado chavista si el nuevo gobierno no logra resultados económicos inmediatos.

La retrotopía es un concepto desarrollado por el sociólogo Zygmunt Bauman para describir una actitud social y política característica del mundo contemporáneo: la pérdida de fe en el futuro como espacio de progreso y la idealización del pasado como refugio frente a la incertidumbre. En lugar de imaginar sociedades mejores por venir —como hacían las utopías clásicas—, la retrotopía propone mirar hacia atrás, hacia un tiempo que se percibe como más estable, ordenado y seguro, aunque esa imagen esté profundamente idealizada.

Bauman desarrolla esta idea en su libro Retrotopia, donde sostiene que el miedo al cambio acelerado, la precariedad económica y la fragilidad de las instituciones han erosionado la confianza colectiva en el progreso.

El espejismo de la estabilidad: la trampa de la retrotopía

La retrotopía representa una «utopía del pasado», una visión donde el ideal de sociedad ya no se busca en el futuro, sino en tiempos percibidos como más seguros o justos. En Venezuela, este fenómeno corre el riesgo de manifestarse como una nostalgia por las «Misiones» y las ayudas directas que caracterizaron la bonanza petrolera del chavismo inicial.

Bajo la modernidad líquida —un mundo de incertidumbre y cambios rápidos—, el pasado aparece como un refugio familiar frente a un presente caótico. Si la oposición toma el poder y se enfrenta a una economía con un salario mínimo pulverizado y servicios públicos en ruinas, amplios sectores de la población podrían empezar a añorar el esquema de dádivas del Estado. Esta nostalgia no busca reconstruir la historia real, sino una versión selectiva y reconfortante de la misma, ignorando la corrupción y el autoritarismo que generaron la crisis actual.

La pobreza como arma de control: un legado difícil de desmantelar

El análisis político sugiere que el chavismo no solo administró mal los recursos, sino que instrumentalizó la pobreza como un arma de dominación. A través de mecanismos como el Carnet de la Patria y las cajas CLAP, el régimen de Maduro logró que el 76.6% de los hogares dependiera de algún bono gubernamental para subsistir.

Esta «servidumbre moderna» ha erosionado la autonomía de los ciudadanos, convirtiéndolos en receptores pasivos de beneficios a cambio de lealtad política. El peligro real radica en que esta dependencia se ha arraigado como una condición estructural. Si un nuevo gobierno de transición elimina estos subsidios o no logra sustituirlos rápidamente por empleos dignos y estabilidad cambiaria, el pueblo, despojado de su capacidad de autogestión tras 26 años de autocracia, podría protestar bajo la premisa de que «con el chavismo se comía mejor», activando así el resorte retrotopiano.

El riesgo de una transición sin «deuda social» saldada

Expertos en transiciones advierten que para que un cambio de régimen tenga éxito, no basta con desplazar al líder; se requiere saldar la deuda social. En el caso chileno, la gradualidad fue clave, priorizando el gasto en salud y vivienda para mantener el apoyo popular.

En Venezuela, la situación es más grave: la economía es apenas el 30% de lo que solía ser. Figuras como Delcy Rodríguez, actual presidenta encargada, han comenzado a eliminar programas sociales emblemáticos por decreto, lo que podría generar un vacío peligroso si la oposición no presenta una alternativa sólida que no sea percibida como una amenaza a la supervivencia de los más pobres. La fragilidad de la transición se acentúa si la población percibe que el futuro no promete mejoras rápidas, convirtiendo la nostalgia en un mecanismo de defensa ante la ansiedad por el porvenir.

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¿Transición económica o restauración de la dignidad?

El juego dual de la administración Trump, que oscila entre el pragmatismo con Delcy Rodríguez y el respaldo retórico a Machado, añade una capa de incertidumbre. Mientras Washington prioriza la estabilidad petrolera y el cobro de deudas, el pueblo venezolano enfrenta el desafío de recuperar la capacidad de imaginar colectivamente un porvenir mejor, rompiendo el ciclo de la retrotopía.

La historia demuestra que los sistemas totalitarios reducen a los hombres a sus funciones básicas de subsistencia. El gran peligro del cambio de poder en Venezuela es que, ante la lentitud de la recuperación, la ciudadanía prefiera regresar a la «animalidad natural» de buscar medios para sobrevivir dentro del sistema de dádivas conocido, en lugar de enfrentar los riesgos de la libertad y la productividad. Para evitar que la retrotopía sepulte la democracia, el nuevo gobierno deberá demostrar, en tiempo récord, que el progreso personal es posible sin la intervención directa y selectiva del Estado.

Redacción Tony Romero para DHH con ayuda de IA.

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