Los lamentables 3 doritos después de Gustavo Petro frente al caso del ciudadano tejano

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En la era de la inmediatez digital, la comunicación política se ha transformado en un campo de batalla donde la verdad suele ser la primera víctima. El reciente caso de un ciudadano estadounidense, originario de Texas, capturado en Bogotá, ha servido de escenario para observar un fenómeno psicológico y político fascinante: la contradicción narrativa en tiempo real emanada desde la cuenta oficial del presidente Gustavo Petro.

06/15/3036. En una primera instancia, el discurso presidencial se volcó hacia la estigmatización y el aprovechamiento político del incidente. Petro calificó inicialmente al estadounidense como un «pedófilo», vinculándolo explícitamente con la «derecha en los EE,UU». Desde un análisis psicológico, este movimiento busca activar un sesgo de confirmación en su base electoral: la idea de que aquellos que se autodenominan «defensores de la familia» (la fracción ultraconservadora) ocultan, en realidad, conductas inmorales.

En este primer relato, el mandatario utilizó el caso no solo para condenar un presunto delito, sino para validar su agenda progresista. Argumentó que la familia no se defiende con discursos conservadores, sino con «transferencias monetarias a madres solas» y estabilidad económica, atacando lo que él denomina la «doble moral» de la derecha. Políticamente, esto representa una instrumentalización del crimen para reforzar la identidad de grupo frente a un antagonista ideológico claramente definido.

El rectificador sistémico: Del error individual a la conspiración global

Sin embargo, la narrativa dio un giro de 180 grados cuando las pruebas forenses y judiciales contradijeron la acusación inicial. En una publicación posterior, el presidente notificó a la sociedad que el ciudadano «al parecer no violó a ninguno de sus hijos adoptados en Colombia». El incidente, que inicialmente fue presentado como una atrocidad sexual, resultó ser un episodio médico donde el niño se atoró por «comer mal la comida».

Lo que resulta psicológicamente relevante aquí es el mecanismo de desplazamiento de responsabilidad. Petro no solo admite que las imágenes «engañaron a los colombianos», sino que escala el problema a una dimensión conspirativa. Atribuye la confusión colectiva a una sociedad «bombardeada por empresas con inteligencia artificial y con dineros extranjeros de genocidas y narcotraficantes».

Al pasar de llamar «pedófilo» al sujeto a pedir que la justicia le entregue «todos sus derechos como ser humano», Petro intenta posicionarse ya no como el acusador, sino como el primer defensor de la verdad frente a una manipulación sistémica de la que él también habría sido víctima.

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Tener dos visiones tan opuestas sobre un mismo hecho en un corto periodo de tiempo conlleva implicaciones políticas profundas para el mandatario:

  1. Erosión de la autoridad presidencial: La ligereza inicial para lanzar acusaciones de delitos graves (pedofilia) basadas en imágenes virales debilita la investidura. Políticamente, esto proyecta una imagen de impulsividad sobre la reflexión institucional.
  2. La captura del estado en la narrativa personal: Petro aprovecha la rectificación para insertar temas de su agenda histórica, como la crítica a la «tercerización privada para las adopciones» en el ICBF y memorias de la lucha armada en el Meta. Psicológicamente, esto muestra una mente que conecta eventos aislados con un gran relato histórico personal, donde él siempre lucha contra un «fascismo» o una «derecha» omnipresente.
  3. Gobernar por «X» (Twitter): El hecho de que la política de infancia y la defensa de la honra de un ciudadano se decidan y se retracten en redes sociales genera una percepción de inestabilidad jurídica.

En conclusión, este episodio revela a un líder que utiliza la comunicación como un laboratorio de ensayo y error. Mientras que la primera versión buscaba el rédito político inmediato mediante el ataque ideológico, la segunda busca la redención intelectual culpando a las nuevas tecnologías y a fuerzas oscuras. Para el análisis de la opinión pública, queda la duda de si la sociedad colombiana verá en esto un acto de honestidad política o, por el contrario, una manifestación de la peligrosa volatilidad con la que se maneja la verdad desde el poder.

Redacción equipo DHH.

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