En la política de Venezuela, donde el rencor suele ser el combustible principal de la retórica pública, lo ocurrido este 18 de junio de 2026 roza lo surrealista. Dinorah Figuera, la médica exiliada que hasta hace poco era tildada de «ladrona» y «traidora a la patria» por el oficialismo por ser de Primero Justicia, ha aterrizado en Maiquetía bajo el paraguas protector de Washington para sentarse frente a su némesis, Jorge Rodríguez, el psiquiatra y estratega del PSUV que no escatimaba en vituperios contra ella. Este encuentro no es solo una reunión más; es la escenificación de un pragmatismo crudo que desafía décadas de hegemonía chavista y resistencia opositora.

06/18/2026. Desde que Hugo Chávez ascendió al poder, la política venezolana se ha definido por la aniquilación simbólica —y a veces física— del adversario. Por ello, que representantes de las dos «antípodas» del pensamiento político se sienten a discutir una salida es un hito sin precedentes en la era bolivariana. Por un lado, tenemos al PSUV, un partido de vocación hegemónica, marxista-leninista en su retórica y aferrado a la «Revolución». Por el otro, a Primero Justicia, el pilar del «G4», un partido de centro-derecha que defiende el libre mercado y la propiedad privada, y que ha sido el blanco predilecto de la ira estatal.
¿Qué significa realmente esta reunión para el futuro del país? En el papel, se busca una «hoja de ruta hacia una transición democrática» que incluya la reconstrucción de poderes y un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE). Pero en la práctica, es la admisión de que el conflicto ha llegado a un punto de saturación donde ambos bandos necesitan un «tercero» para sobrevivir. Para el chavismo, representado por Rodríguez bajo la gestión de su hermana y mandataria encargada, Delcy Rodríguez, es una vía para legitimar su permanencia o negociar una salida controlada. Para la facción de Figuera, es la oportunidad de recuperar una institucionalidad que parecía perdida en el exilio.
¿Se puede confiar en los «enemigos acérrimos»?
La capacidad de ser capcioso es vital aquí. No debemos olvidar que Jorge Rodríguez ha sido el arquitecto de la narrativa de «usurpación» y «robo de activos» contra la Asamblea de 2015 que Figuera preside. Verlos hoy designando una «mesa técnica y política paritaria» es, cuanto menos, un ejercicio de suspensión de la incredulidad.
La confianza es un bien escaso. Mientras Figuera declara que busca un «CNE creíble», su llegada ha provocado una interrogante sobre el papel de la líder indiscutible María Corina Machado, quien logró una primera unidad de la oposición desde el «Manifiesto de Panamá». Esta fragmentación sugiere que el diálogo Rodríguez-Figuera podría ser, en el mejor de los casos, un pacto de convivencia ordenado desde EE.UU., y, en el peor, una maniobra del oficialismo para dividir aún más a sus detractores aprovechando el aval de Estados Unidos.
El tutelaje de Washington: ¿Soberanía o salvavidas?
El alcance de la mano estadounidense en este proceso es total. Figuera no regresó por un arranque de nostalgia, sino por una invitación directa del Departamento de Estado y como parte de la «tercera fase» del plan del gobierno de Trump para Venezuela. La logística misma del encuentro —Figuera movilizándose en vehículos diplomáticos y bajo la mirada del encargado de negocios John Barrett— confirma que Estados Unidos es el verdadero garante de que Figuera no termine en una celda del Helicoide, a pesar de las órdenes de captura vigentes en su contra.
Este «tutelaje» busca forzar una salida electoral bajo estándares internacionales, impulsando un nuevo comité electoral que garantice elecciones justas. Sin embargo, la practicidad política nos dicta que este apoyo externo es un arma de doble filo. Si bien Washington otorga la seguridad necesaria para el diálogo, también impone una agenda que podría no estar alineada con todos los sectores de la sociedad venezolana, convirtiendo a los actores locales en piezas de un tablero geopolítico mucho más grande.
Un salto al vacío con red de seguridad
La reunión entre Rodríguez y Figuera es el reconocimiento de que la política de confrontación total ha agotado sus réditos. ¿Llevarán la política a buen puerto? Es difícil asegurarlo cuando los cimientos de este encuentro son la desconfianza mutua y la presión extranjera. Lo que sí es claro es que la «normalización institucional» que buscan pasa por un CNE transparente, una demanda que Figuera ha puesto como condición sine qua non para su participación.
En este ajedrez venezolano, Figuera juega la carta de la «institucionalidad» frente a la «política» de calle, mientras Rodríguez busca oxígeno internacional. Es la primera vez que el chavismo acepta a su opuesto no para insultarlo en cadena nacional, sino para negociar con él en igualdad de condiciones técnicas. Solo el tiempo dirá si este es el inicio de una transición real o simplemente otro capítulo en la larga historia de pactos que terminan en promesas rotas. Lo único seguro es que, por ahora, el destino de Venezuela se está cocinando en una mesa donde los enemigos han tenido que aprender a compartir la sal, bajo la atenta y vigilante mirada del Tío Sam.
Redacción equipo DHH.
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