Venezuela: La otra gran tragedia

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Artículo de opinión del analista político y periodista de Venezuela Edward Rodriguez sobre la pobre respuesta del gobierno ante la crisis estructural que vive el pais.

07/01/2026. El 24 de junio se convirtió en una fecha imposible de borrar de la memoria venezolana. Mientras muchos seguían el Mundial de Fútbol, otros hablaban de profecías o veían extraterrestres. Pero desde las entrañas de la tierra emergió la única verdad que importaba: una tragedia real, brutal y devastadora.

Dos poderosos terremotos sacudieron a Venezuela y golpearon con especial ferocidad a La Guaira. En cuestión de segundos, edificios y viviendas colapsaron, dejando un paisaje de destrucción sin precedentes. Apellidos completos desaparecieron, familias enteras murieron bajo los escombros, comunidades quedaron borradas del mapa y miles de personas perdieron absolutamente todo.

Si el desastre natural era inevitable, la respuesta del gobierno fue la otra gran tragedia. Por su inacción, incapacidad y desorden, hicieron todo lo posible para agravar el sufrimiento y la agonía de la población.

A las 6:05 de la tarde ocurrió el primer movimiento telúrico. Segundos después llegó el segundo. Y luego, el silencio. El más ensordecedor y devastador: el silencio de Delcy Rodríguez y su gobierno.

La emergencia dejó al descubierto un aparato estatal no solo incapaz de reaccionar, sino profundamente indolente. Faltó liderazgo, autoridad, conocimiento, coordinación, planificación y capacidad operativa. El país observó cómo un gobierno acostumbrado a movilizar todos sus recursos para contener protestas o perseguir adversarios quedó completamente paralizado ante una tragedia que exigía rapidez, organización y humanidad.

La memoria inevitablemente nos llevó a la tragedia de Vargas de 1999. Como reportero, tuve la oportunidad de cubrir aquella emergencia. Más allá de las críticas por la reconstrucción y la negativa de aceptar ayuda internacional, hubo una diferencia fundamental: existió capacidad de respuesta.

Recuerdo al entonces director de Protección Civil, Ángel Rangel Sánchez, coordinando operaciones, informando al país, organizando equipos de rescate y manteniendo comunicación permanente con la población. Las Fuerzas Armadas fueron desplegadas, la Armada movilizó embarcaciones para atender a los damnificados y miles de funcionarios trabajaron sin descanso para salvar vidas.

Veintisiete años después, según lo que vi e investigué —y bajo el lente de la prensa mundial— esta vez nada de eso ocurrió. No hubo coordinación. No hubo Fuerzas Armadas. No hubo Estado. Mientras millones de venezolanos dentro y fuera del país se activaban en grandes voluntariados, los hombres de verde se convirtieron en soldaditos de plomo: inmóviles, ausentes, incapaces.

Durante las primeras horas, Delcy Rodríguez permaneció en Caracas. No hubo una imagen de conducción nacional, ni un comando unificado visible, ni una movilización inmediata que transmitiera confianza. En muchos sectores fueron los propios ciudadanos quienes asumieron las labores de rescate, removiendo escombros con sus manos y utilizando herramientas improvisadas para intentar salvar a familiares y vecinos.

Las historias que comenzaron a conocerse estremecieron al país: padres que sobrevivieron mientras perdían a sus hijos; familias enteras sepultadas; recién nacidos rescatados contra todo pronóstico; personas esperando durante horas y días una ayuda que nunca llegó a tiempo.

Frente a esa realidad, la asistencia internacional adquirió un papel determinante. Diversos países y organizaciones activaron equipos de búsqueda y rescate, conscientes de que en este tipo de tragedias cada minuto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Esa disposición solidaria merece un reconocimiento especial.

Superada esta etapa de luto y dolor profundo, llegará la fase de reconstrucción. Un proceso que exigirá transparencia, supervisión independiente y rendición de cuentas. Es indispensable asegurar que los recursos destinados a las víctimas lleguen a quienes realmente los necesitan y no se conviertan en otro episodio de corrupción.

Puedes leer: Venezuela en crisis: Una lucha diaria entre réplicas, epidemias, luto y barro – dehablahispana.com

Venezuela enfrenta una tragedia de dimensiones enormes. La prioridad debe ser salvar vidas, atender a los sobrevivientes y reconstruir las comunidades afectadas. Por ahora, el debate político está en pausa. Cuando la naturaleza golpea con tanta fuerza, los ciudadanos esperan algo elemental de quienes gobiernan: liderazgo, capacidad de respuesta y compromiso con la vida.

Nada de esto está presente en el gobierno interino de Delcy Rodríguez. Por ello, Estados Unidos, como país protector, deberá velar para que ni Delcy ni su hermano manejen un solo centavo, y para que se convoque a los mejores y más capaces para la tarea de reconstrucción. Nombres sobran en Venezuela: personas con solvencia moral, conocimiento y reputación para asumir esta responsabilidad histórica.

Opinión del escritor y periodista Edward Rodríguez.

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