Perú: Keiko Fujimori asume hoy la presidencia con graves problemas de seguridad y división política

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Este 28 de julio de 2026, las puertas de Palacio de Gobierno en Lima se abren para marcar un hito sin precedentes en la convulsa historia republicana del Perú: la asunción de Keiko Fujimori Higuchi, quien finalmente, tras una espera de décadas y cuatro intentos electorales, se convierte en la primera mujer elegida por voto directo para regir los destinos de la nación.

07/28/2026. Su victoria, sellada por un margen agónico de apenas 49,641 votos sobre el izquierdista Roberto Sánchez, no solo representa un triunfo numérico, sino la validación de una perseverancia de raíces japonesas que la mantuvo en pie tras tres derrotas consecutivas en segunda vuelta y una polarización social extrema. Mientras el sol de julio ilumina la capital, el fujimorismo retorna formalmente al Poder Ejecutivo casi 26 años después de la estrepitosa dimisión por fax de su fundador, Alberto Fujimori, cerrando así un círculo político que ha definido la identidad de Perú durante más de tres décadas.

El camino hacia la banda presidencial ha sido, para la hoy mandataria de 51 años, un periplo estoico que comenzó a la temprana edad de 19, cuando irrumpió en la escena pública como la primera dama más joven de América tras el divorcio de sus padres. Desde aquel rol protocolar hasta su consagración actual, Keiko ha navegado por las aguas más turbulentas de la política: desde ser la congresista más votada en 2006 hasta enfrentar casi 18 meses de prisión preventiva bajo investigaciones por el caso Odebrecht, un proceso que marcó su vida pero del cual se libró gracias a una sentencia del Tribunal Constitucional. Esta resiliencia, que sus seguidores llaman «paciencia japonesa», la llevó a superar no solo el estigma judicial, sino también un cisma familiar con su hermano Kenji y un reciente divorcio, presentándose ahora ante la nación como una líder que ha «destinado su vida» a este momento.

La ceremonia de investidura ha convocado a una constelación de líderes globales, destacando la presencia de Su Majestad el Rey Felipe VI de España, con quien Fujimori ya sostuvo un encuentro previo en el Palacio de Torre Tagle para reafirmar los lazos de amistad y cooperación bilateral. Acompañando la delegación española, el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, también se hizo presente, participando en almuerzos empresariales que subrayan la expectativa de una gestión de corte liberal y apertura a las inversiones. La llegada del monarca y de figuras políticas europeas otorga a este traspaso de mando un barniz de legitimidad internacional y estabilidad institucional, elementos críticos para un país que ha visto desfilar a ocho presidentes en los últimos diez años y que ahora busca un respiro de certidumbre bajo el mandato de cinco años que se inaugura.

En el ámbito regional, la capital peruana se ha convertido en el epicentro de un nuevo bloque de derecha que busca consolidar un liderazgo firme en América Latina. Entre los asistentes más destacados figura el presidente argentino Javier Milei, quien arribó a Lima junto a su hermana Karina Milei para celebrar lo que él denomina una «nueva etapa de libertad» entre naciones hermanas, aprovechando su estancia para recibir un Doctorado Honoris Causa. Junto a él, mandatarios como el ecuatoriano Daniel Noboa, el chileno José Antonio Kast, y el paraguayo Santiago Peña, entre otros, han proyectado una imagen de unidad ideológica. Esta alineación regional no es menor, pues se espera que el eje Fujimori-Milei-Noboa-De la Espriella redefina las políticas de seguridad y economía en el continente, apostando por modelos de «mano dura» y libre mercado.

La agenda de seguridad fronteriza emerge como la prioridad inmediata de esta nueva administración, un punto donde la sintonía con el presidente Daniel Noboa es total. Noboa, quien llegó a Lima con una nutrida comitiva oficial, ha anunciado una agenda conjunta para reforzar la frontera sur de Ecuador —norte de Perú— mediante el uso de tecnología de drones y sensores para frenar el flujo ilegal de armas y explosivos, que representa el 70 % de los ingresos ilícitos a su país. Fujimori, por su parte, ha prometido emular la estrategia de «orden» de su padre contra el terrorismo, pero aplicada al crimen organizado moderno, una de las mayores preocupaciones del electorado peruano. Este enfoque de «mano dura» busca devolver la sensación de autoridad a un Estado que ha estado marcado por la inestabilidad legislativa y social en años recientes.

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No obstante, el horizonte de Keiko Fujimori no está exento de nubarrones. Su gestión se inicia bajo el peso de una profunda polarización, evidenciada por el hecho de que su rival, Roberto Sánchez, obtuvo más votos dentro del territorio nacional, siendo el voto de los peruanos en el exterior el que finalmente inclinó la balanza a su favor. Además, la sombra de su difunto padre, fallecido en septiembre de 2024, sigue siendo un factor divisivo; mientras sus simpatizantes esperan una reivindicación de su legado, sus detractores temen un retroceso en derechos humanos y transparencia. Con un Congreso fragmentado y movimientos sociales vigilantes que cuestionan su legitimidad, el reto de Fujimori será demostrar que su «Fujimorismo 2.0» puede gobernar en democracia y conciliar las tensiones de un país que exige justicia social sin sacrificar la estabilidad económica.

Finalmente, esta asunción marca el inicio de una era de reivindicación dinástica y personal. Al recibir la banda presidencial, Keiko Fujimori no solo cumple el objetivo que persiguió durante más de la mitad de su vida, sino que coloca al fujimorismo en una posición de poder que parecía imposible tras la caída del régimen en el año 2000. La presencia de exmandatarios como Jamil Mahuad —quien firmó la paz con Alberto Fujimori en 1998— simboliza un reconocimiento a la historia compartida de la región, pero también un recordatorio de la responsabilidad que ahora recae sobre la nueva presidenta. El mundo observa si esta «perseverante heredera» logrará transformar su victoria en las urnas en una gobernabilidad sólida que cierre las heridas del pasado o si, por el contrario, su mandato será un nuevo capítulo de la eterna crisis política peruana.

Redacción equipo DHH sobre lectura de agencias.

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