Venezuela: Así viví aquel 11 de septiembre de 2001

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Crónica de lo vivido por el periodista y escritor Eliéxer Pirela sobre la caída de las torres gemelas el 11 de septiembre.

09/11/2026.

Eran poco más de las 8:00 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, apenas 3 días después de mi cumpleaños número 44.
Aquel martes comenzó con la quietud habitual de una mañana doméstica. En casa, la rutina tenía un sabor entrañable y reconfortante: el vapor de un buen café con leche recién colado y el calor de dos arepas abiertas al medio, untadas con mantequilla y queso fundiéndose despacio. Era un desayuno disfrutado sin prisa, de esos que preparan el ánimo para enfrentar la jornada periodística que estaba por comenzar.
A las 8:35 de la mañana, tras cruzar la puerta de la redacción del Diario La Verdad, el murmullo cotidiano del periódico se vio interrumpido por un magnetismo helado. Las miradas de reporteros, editores y fotógrafos estaban clavadas en los televisores encendidos. En las pantallas, una columna de humo salía de una de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. Las primeras informaciones, confusas y apresuradas, hablaban de un accidente: una avioneta o un avión pequeño que se había estrellado contra la estructura.
Pero la ilusión del accidente duró solo unos minutos.
Frente a los ojos incrédulos de todo el equipo, un segundo avión apareció en el encuadre, viró con precisión quirúrgica y se incrustó en la otra torre en una explosión de fuego y cristal. El impacto no solo sacudió el centro financiero de Manhattan; retumbó en cada rincón del planeta. En la redacción de La Verdad, el silencio fue sepulcral. Las proporciones en la pantalla engañaban a la distancia, pero la magnitud de la tragedia disipó cualquier duda: no eran aeronaves pequeñas. Eran enormes aviones comerciales repletos de pasajeros, convertidos en misiles.
La atmósfera en la sala de redacción se volvió densa, dominada por una expectativa sofocante. Los cables no paraban de escupir urgencias y las llamadas telefónicas se multiplicaban, pero todo parecía detenerse ante las imágenes en vivo. Entonces ocurrió lo impensable: primero una, y poco después la otra, las emblemáticas moles de acero y concreto colapsaron sobre sí mismas en una nube colosal de polvo y escombros.
Ver desplomarse las torres en tiempo real convirtió el asombro en un dolor punzante. Detrás de las cifras y los titulares que ya comenzaban a redactarse, estaba la certeza del sufrimiento humano: miles de vidas apagándose en segundos, personas atrapadas en las alturas, familias rotas. Las lágrimas aparecieron de forma inevitable, brotando en silencio entre el teclado y la libreta de apuntes, arrastradas por la impotencia y la compasión hacia quienes morían al otro lado del continente.

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Aquel mediodía, el apetito desapareció por completo. La mesa del comedor de redacción quedó vacía y el almuerzo no existió. El impacto de haber sido testigo de la historia —de esa que cambia el rumbo de la humanidad para siempre— dejó un nudo en el estómago y una huella imborrable en el corazón de quien, esa mañana, solo esperaba cubrir las noticias del día.
Así viví la experiencia de aqu l 11 de seotiembre de 2001.

Redacción del periodista y escritor Eliéxer Pirela.

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