Sesenta y tres años después del golpe contra Juan Bosch, Washington vuelve a preferir en el Caribe la estabilidad administrada a la legitimidad de las urnas. La diferencia es que esta vez la dirigente apartada no es sospechosa de izquierdista: es la aliada más entusiasta que Estados Unidos ha tenido en Venezuela.

09/25/2026. El 25 de septiembre de 1963, tras apenas siete meses de gobierno, los militares sacaron del Palacio Nacional a Juan Bosch, el primer presidente elegido libremente en la República Dominicana después de tres décadas de trujillismo. Estados Unidos no dio la orden, pero tampoco hizo nada decisivo para impedirlo ni para revertirlo. Suspendió la ayuda, protestó, y tres meses después el gobierno de Lyndon Johnson reconoció al Triunvirato. En 1965, cuando un levantamiento constitucionalista intentó devolver a Bosch al poder, envió más de 40.000 soldados para impedirlo.
Hoy, en el aniversario del golpe, la escena que llega desde Nueva York tiene un aire familiar. Delcy Rodríguez se reunió con Donald Trump durante la Asamblea General de la ONU, mientras el equipo de María Corina Machado denunciaba tres intentos fallidos de regresar a Venezuela. La pregunta que se hacen muchos es inevitable: ¿estamos ante la misma lógica que sacrificó a Bosch?
Lo que pasó con Machado
Conviene reconstruir los hechos. Desde que Estados Unidos capturó y depuso a Maduro en Caracas el 3 de enero, la Administración Trump respaldó al nuevo gobierno de Rodríguez, hasta entonces vicepresidenta. Tras la operación, Trump descartó a la líder opositora de forma tajante: «Creo que sería muy difícil para ella ser la líder», dijo, alegando que no tenía el apoyo ni el respeto dentro del país.
La afirmación es discutible. Encuestas recientes de Bloomberg y The Economist mostraban que Machado conserva un apoyo sustancial, y se cree ampliamente que su partido ganó por paliza las disputadas elecciones de 2024. Ni siquiera el gesto más llamativo de subordinación política cambió el cálculo: Machado le entregó a Trump su medalla del Nobel de la Paz en un intento de ganarse al presidente, que la había marginado desde el derrocamiento de Maduro. En febrero, Trump dijo que Washington había reconocido formalmente a Delcy Rodríguez como presidenta encargada y la elogió por hacer un trabajo «excelente».
Ocho meses después, el cuadro se ha consolidado. Su equipo asegura que ha intentado regresar a Venezuela siete veces desde que salió en diciembre de 2025 para recibir el Nobel en Oslo, y según la prensa venezolana independiente, Reuters informó que funcionarios estadounidenses siguen recelosos de su regreso porque temen que su presencia desestabilice la transición que Washington apoya en torno a Rodríguez; el movimiento de Machado no forma parte del mecanismo de negociación respaldado por EE.UU. El Departamento de Estado mantiene la formalidad: a principios de septiembre, Marco Rubio declaró que Machado tenía todo el derecho de entrar a su país cuando lo deseara, aunque funcionarios estadounidenses le habían dado consejos por preocupaciones de seguridad. No hay confirmación pública de quién le ha impedido volver.
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La premisa, puesta a prueba
Ambos liderazgos incomodan a Washington porque no se alinean con sus políticas. En el plano ideológico, la comparación no funciona, pero en el practico para la vision de los Estados Unidos pareciera que si.
Bosch era un socialdemócrata que se negó a ilegalizar a la izquierda, separó Iglesia y Estado, limitó el latifundio y restringió la compra de tierras por extranjeros. En plena Guerra Fría, para los halcones de Washington eso bastaba para sospechar de él. Machado es exactamente lo contrario: liberal, promercado, partidaria de abrir el petróleo al capital privado, aliada de la línea dura republicana durante años y defensora pública de la intervención que sacó a Maduro. Si el problema fuera la afinidad ideológica, Machado sería la candidata natural de Trump y Delcy Rodríguez, figura central del chavismo, la última opción.
Que ocurra lo contrario es precisamente lo revelador. El hilo que une a Bosch y a Machado no es la ideología. Es algo más incómodo.
Las cinco coincidencias
La primera es la legitimidad propia. Bosch llegó con cerca del 60% de los votos; la oposición de Machado ganó ampliamente en 2024. Un líder con mandato popular autónomo le debe su poder a su pueblo, no a Washington, y por tanto es menos manejable. Un gobernante sin votos, en cambio, depende del respaldo externo para sobrevivir. Un análisis citado por Fox News lo resumió con crudeza: Trump apuesta a que Rodríguez vive ahora con miedo de lo que podría pasarle si desafía a Estados Unidos.
La segunda son los militares. Bosch cayó porque los altos mandos formados bajo Trujillo lo veían como una amenaza a sus privilegios. Con Machado, la ecuación se repite casi literalmente. Según John Polga-Hecimovich, académico de la Academia Naval de EE.UU., Machado lleva dos décadas denunciando a figuras del régimen por abusos de derechos humanos y las Fuerzas Armadas desconfían de ella; en cambio, «Delcy puede controlar a los militares y Machado no». Tanto en 1963 como hoy, el aparato armado heredado de la dictadura funcionó como poder de veto, y Washington decidió no enfrentarlo.
La tercera es la preferencia por la estabilidad sobre la democracia. En 1963 muchos funcionarios estadounidenses preferían un gobierno militar anticomunista y predecible antes que un demócrata imprevisible. En 2026 la inteligencia estadounidense llegó a una conclusión parecida: una evaluación de la CIA determinó que los aliados clave de Maduro, incluida Delcy Rodríguez, eran quienes mejor podían encabezar un gobierno temporal y mantener la estabilidad a corto plazo, y según The New York Times, Rubio argumentó que respaldar a la oposición desestabilizaría aún más el país y exigiría una presencia militar mayor.
La cuarta son los intereses económicos. A Bosch lo combatieron terratenientes y empresarios que temían por sus propiedades. En Venezuela, la pieza económica central es el petróleo. En agosto se anunció un acuerdo que, según Trump, implica que Estados Unidos tenga control de 65.000 millones de barriles de las reservas venezolanas. El pacto contempla el desarrollo de 17 campos petroleros y una inversión potencial superior a los 100.000 millones de dólares. Un gobierno sin mandato electoral y dependiente de Washington tiene poco margen para renegociar esos términos; uno surgido de las urnas podría tenerlo.
La quinta es la tutela. El texto guía recuerda que en 1963 ningún gobierno dominicano podía sostenerse sin la aprobación de Washington. La palabra ha vuelto a las calles de Caracas: en una protesta contra el acuerdo petrolero, los manifestantes sostuvieron que el «tutelaje» sobre el país debe terminar. Entre los resultados de la intervención, incluso fuentes de consulta general registran que la Administración Trump estableció control sobre las políticas financieras y exteriores del gobierno de Rodríguez.
Las diferencias que importan
La comparación también tiene límites y deben decirse. Bosch fue un presidente constitucional derrocado; Machado nunca ha gobernado y no ha sufrido un golpe, sino una exclusión. En 1963 Washington toleró la acción de terceros; en 2026 fue el propio Estados Unidos quien actuó militarmente y eligió al sucesor. Y el contexto internacional ya no es la Guerra Fría: el argumento no es el comunismo sino el orden, la migración y el petróleo.
La administración Trump, además, tiene un argumento que merece consideración. Su posición es que la secuencia importa: primero estabilidad, luego recuperación económica y finalmente elecciones. Incluso sus críticos reconocen que hay un argumento serio detrás de esa postura, porque Venezuela heredó una administración pública devastada, una industria petrolera paralizada, una enorme deuda externa e instituciones vaciadas por años de autoritarismo. Rodríguez, por su parte, aseguró ante la ONU que el país celebrará elecciones y que ya inició conversaciones con la oposición, aunque evitó fijar una fecha. Y hay otra hipótesis que no puede descartarse: un informe del Washington Post afirmó que Trump estaba molesto porque Machado aceptó el Nobel, un premio que él codiciaba, aunque la Casa Blanca insistió en que sus decisiones respondían a informes internos.
La tesis de fondo que parece ser el lugar comun en los tutelajes de EE. UU,, es la de que la potencia prefiere socios manejables antes que líderes con mandato propio, y alli el Bosch de 1963 si es un espejo inquietante con relación a Maria Corina Machado.
A Bosch no lo sacrificaron por lo que pensaba, sino porque su legitimidad no dependía de nadie y su proyecto chocaba con militares y élites que Washington no quería desafiar. A Machado la marginan, pese a pensar casi exactamente como Washington, por razones que se parecen mucho: un mandato popular que no se puede administrar desde afuera y un aparato armado que no la acepta. Lo que se repite no es la ideología del apartado, sino la jerarquía de prioridades de quien decide.
Queda por ver si el calendario electoral que Caracas promete sin fecha termina siendo, como en la República Dominicana de 1962, la antesala de una democracia real, o la de otra que se tolera solo mientras gane quien conviene.
Reaccion equipo DHH sobre lectura de medios.
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