La travesía frustrada de María Corina Machado para regresar a Venezuela dejó dos historias. La primera es política: una Premio Nobel de la Paz que acumula siete intentos fallidos de volver a su país. La segunda, menos visible pero igual de importante para el oficio, es periodística. Dos reporteros de trayectoria reconocida, David Alandete e Idania Chirinos, viajaron dentro del círculo íntimo de la dirigente por invitación suya. Eso abre una pregunta que el periodismo latinoamericano arrastra desde hace décadas: ¿se puede ser testigo independiente cuando se viaja en el mismo barco que el protagonista?

09/28/2026.
Lo que ocurrió: los hechos según sus propios testigos
Alandete contó en el programa Horizonte de Cuatro que el viaje había sido un periplo largo, interesante y frustrado, que comenzó cuando llegó a Panamá un domingo y se quedó a la espera de instrucciones. También describió al grupo: «Éramos dos periodistas, yo en representación del periódico ‘ABC'», más dos escoltas de seguridad. Un apunte sobre el medio: aunque la pregunta lo sitúa en COPE, Alandete trabaja para ambos. En Cuatro habló en nombre de ABC, y la propia COPE lo presenta como su corresponsal en Washington y testigo directo de los tres últimos intentos, tras acompañar a la dirigente opositora en la travesía.
El plan era por mar. Según su relato, una embarcación pequeña iba a cruzar el Canal de Panamá hasta aguas frente a Venezuela, donde una lancha los recogería. Cuando estaban a punto de embarcar, la empresa alegó que el barco se había averiado y no ofreció alternativas; después, el 22 de septiembre, Machado intentó dos veces volar en avión privado a Curazao y Aruba y se le negó el embarque. Chirinos, enviada de NTN24, contó que las autoridades migratorias ya habían sellado el pasaporte de la dirigente cuando el trayecto se suspendió a última hora por presuntas fallas mecánicas. Resumió la situación con una frase que se volvió viral: «La Premio Nobel de la Paz está presa en Panamá».
El nudo del debate: la invitación como punto de partida
La discusión no gira en torno a si los hechos ocurrieron. Parte de ellos quedó documentada, por ejemplo con un manifiesto de vuelo que sitúa a Machado entre los pasajeros de una aeronave que no llegó a despegar, aunque el documento no establece por qué. Lo que se discute es la posición desde la que se contó la historia.
Hay un detalle que resume el dilema. Alandete explicó que la operación tenía nombre en clave: «ella era el águila y yo tenía el nombre en código de Aladdín». Según ese mismo relato, las instrucciones llegaban por la aplicación cifrada Signal para mantener la máxima seguridad. Un periodista con alias operativo dentro de un plan político secreto ya no está en la acera observando. Está dentro del dispositivo.
Lo que dicen los códigos: independencia, conflicto de interés y transparencia
Los principales códigos de ética aplicables a este caso coinciden en tres principios.
La Carta Global de Ética para Periodistas de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), adoptada en Túnez en 2019, pide que el periodista no confunda su trabajo con el del propagandista. También le pide evitar cualquier ventaja o vínculo que comprometa su independencia.
El Código de Ética de la Society of Professional Journalists (SPJ), referencia obligada en las escuelas de periodismo del continente, dedica un apartado entero a «Actuar con independencia». Allí pide evitar los conflictos de interés, reales o percibidos, y revelar los que no se puedan evitar. También pide rechazar favores o tratos especiales que comprometan la imparcialidad. En otro capítulo exige transparencia ante el público sobre cómo se obtuvo la información.
La Declaración de Chapultepec (SIP, 1994) vincula en su noveno principio la credibilidad de la prensa con el compromiso con la verdad, la precisión, la imparcialidad y la equidad.
Para Alandete, como periodista español, también rige el Código Deontológico de la FAPE, que exige separar con claridad información y opinión y evitar situaciones de dependencia de terceros. En Venezuela, el Código de Ética del Periodista Venezolano del Colegio Nacional de Periodistas pone la veracidad y el servicio al interés público por encima de cualquier lealtad política o económica.
Ninguno de estos textos prohíbe aceptar el acceso que ofrece un protagonista. Lo que exigen es que ese acceso no determine el contenido y que el público sepa en qué condiciones se produjo.
La tradición latinoamericana: el periodismo comprometido
El análisis estaría incompleto sin un matiz propio de la región. El Código Latinoamericano de Ética Periodística de la FELAP (1979) nació en otro contexto histórico y no entiende al periodista como un observador neutral. Lo define como un actor comprometido con la democracia, los derechos humanos y la libertad de los pueblos. Desde esa tradición, acompañar a una dirigente a la que, según su entorno, se le impide volver a su país podría leerse como coherente con la misión del oficio, no como una traición.
Gabriel García Márquez, en su célebre discurso de 1996 sobre «el mejor oficio del mundo», sostuvo que la ética debe acompañar al periodismo siempre, «como el zumbido al moscardón». La ética no es un permiso que se pide antes de salir a reportar. Es una conducta que se sostiene durante todo el trabajo. Esa idea desplaza la pregunta: importa menos si debieron aceptar la invitación y más cómo se comportaron una vez dentro.
Los argumentos a favor: el testigo como verificador
Para defender la presencia de ambos periodistas colocamos estos argumentos de peso.
El primero es la verificación directa. Sin testigos independientes, el relato de los siete intentos dependería solo de comunicados partidistas. Fue la prensa la que aportó elementos documentales, como el manifiesto que, según la cobertura internacional, obtuvo el diario ABC y que mostraba a Machado entre los pasajeros previstos de Ciudad de Panamá a Curazao.
El segundo es la transparencia. Ninguno de los dos ocultó su posición. Alandete dijo abiertamente que era uno de los dos periodistas del grupo, y la prensa venezolana identificó a Chirinos como una de las periodistas que acompañaba a Machado. El público supo desde el principio desde dónde se contaba la historia. Eso es exactamente lo que piden los códigos cuando un conflicto de interés no se puede evitar.
El tercero es el contexto informativo. En un país donde NTN24 fue sacado de la parrilla de cable en 2014 y donde la cobertura independiente es limitada, el acceso privilegiado puede ser la única forma de documentar ciertos hechos.
El cuarto es la disposición a matizar. Tras el impacto de su frase, Chirinos aclaró que no acusaba al gobierno panameño de restringir los movimientos de Machado y dijo que Panamá le había dado protección y asistencia, incluido el documento especial de viaje. Rectificar o precisar es una obligación ética que se cumplió.
Los argumentos en contra: cuando el testigo adopta el relato
Las objeciones también son sustanciales.
La primera es el lenguaje. La frase «presa en Panamá» tuvo consecuencias. La plataforma de verificación Verifica Venezuela calificó de engañosa la versión de que Machado había sido detenida, y explicó que la frase era una figura para describir que no había podido salir de Panamá hacia Venezuela, no la noticia de un arresto. Cuando un periodista usa una metáfora de alto voltaje político, pierde el control de cómo se interpreta, y el error acaba cargándose en su credibilidad.
La segunda es la atribución de responsabilidad sin pruebas concluyentes. Chirinos insistió en que la razón por la que Machado no ha podido entrar a su país es clara: no la dejan llegar. Alandete, más cauto, dijo que «podría pensar que hubo algún tipo de presión». Sin embargo, otros medios señalaron que el diario español no precisó quién pudo haber bloqueado las alternativas marítimas y aéreas. La sospecha puede ser razonable, pero presentar como hecho lo que es inferencia es justo lo que los códigos piden evitar. Informar de la sospecha es legítimo. Afirmar la culpa exige pruebas.
La tercera es la ausencia de contraste. En la cobertura pública conocida no aparecen respuestas de la naviera que alegó la avería, de las autoridades de Aruba o Curazao, del gobierno de Delcy Rodríguez ni de Washington. Esa ausencia pesa más porque el propio contexto era complejo. El episodio se produjo en un momento de inédita alianza entre el chavismo y la Administración de Donald Trump, un ángulo que exigía preguntar a varias partes. Quizá se intentó y no hubo respuesta. Si fue así, decirlo explícitamente habría fortalecido la cobertura.
La cuarta es la instrumentalización. El trabajo de ambos periodistas se convirtió de inmediato en material de campaña. El asesor internacional de Machado, Pedro Urruchurtu, difundió en X que la nota de Alandete para ABC resumía bien los siete intentos. El Comando ConVzla citó a Chirinos como fuente para confirmar los intentos frustrados. Así se forma un circuito cerrado: el partido invita al periodista, el periodista informa y el partido cita al periodista como prueba independiente. Aunque ninguno de los dos lo haya buscado, ese circuito erosiona la percepción de independencia, que la SPJ considera tan importante como la independencia real.
La quinta es la pregunta sin respuesta sobre la financiación. Ni en las fuentes consultadas ni en las transmisiones consta quién pagó traslados, alojamiento o pasajes. No hay indicios de irregularidad, pero es la pregunta que cualquier código de ética obliga a responder. La práctica aceptada es que el medio pague los gastos de su enviado, precisamente para que la invitación sea solo una puerta de acceso y no una deuda.
La invitación no condena
Afirmar que aceptar la invitación supuso, por sí mismo, una violación de los códigos de ética sería injusto y técnicamente incorrecto. Ningún código prohíbe el acceso privilegiado. Buena parte del gran periodismo de la historia se hizo acompañando a guerrillas, ejércitos, campañas y exiliados. La transparencia de ambos sobre su posición y la aportación de pruebas documentales cumplen estándares básicos del oficio.
Tampoco sería honesto decir que la cobertura quedó libre de reproches. El uso de expresiones militantes como «presa en Panamá» o «no la dejan llegar», la atribución de responsabilidades sin identificar al responsable y la falta visible de contraste con otras partes muestran que la frontera entre testigo y participante se volvió borrosa. El problema no es haber subido al barco. El problema es no haber marcado siempre, en cada frase, la distancia entre lo que vieron y lo que la protagonista quería que el mundo creyera.
Kovach y Rosenstiel lo explican en Los elementos del periodismo: la objetividad no es un rasgo de la persona, que nunca es neutral, sino una disciplina del método, basada en verificar, contrastar y atribuir. Con ese criterio, Alandete y Chirinos ofrecieron un testimonio valioso con déficits metodológicos concretos. No fueron propagandistas, pero tampoco fueron del todo inmunes a la narrativa de quien los invitó.
La lección para el oficio
El caso deja una pauta útil para las redacciones de la región, en tiempos de polarización extrema. El acceso se acepta, pero no se paga con el relato. El reportero que acompaña a un protagonista debe declarar su posición en cada pieza, costear su viaje o revelar quién lo costea, y separar lo que presenció de lo que le contaron. También debe llamar por su nombre a lo que no sabe y buscar a quienes no lo invitaron. Solo así el testigo sigue siendo testigo cuando el barco no zarpa.
Redaccion DHH sobre notas y videos, con ayuda del marco metodologico
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