Venezuela: Adivine por qué está tan sonriente; motivos petroleros y económicos tiene de sobra

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Petróleos de Venezuela (Pdvsa) ha entregado las llaves de su reestructuración legal al titán corporativo estadounidense Greenberg Traurig (GT). La firma ha sido seleccionada por Héctor Obregón Pérez, presidente de la estatal, para estructurar y legalizar los contratos con las multinacionales petroleras que regresan o desembarcan en el país bajo la sombra de la administración de Donald Trump.

Brian Duffy es director ejecutivo de Greenberg Traurig desde abril del 2023

08/29/2026. Esta decisión no es un mero trámite administrativo; es un reflejo de la profunda metamorfosis política y de la extrema debilidad institucional que atraviesa Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.

Tres dimensiones del ajuste Petrolero

1. La paradoja de la supervivencia y el «Factor Washington»

El panorama político en Caracas es de una ironía brutal. Mientras Nicolás Maduro comparece ante la justicia estadounidense desde una prisión de alta seguridad en Nueva York, la cúpula que sobrevivió —encabezada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez y el propio Héctor Obregón— se ve obligada a marchar estrictamente al ritmo que dicte Washington para sostenerse en el poder.

La contratación de Greenberg Traurig responde directamente a esta asimetría de poder. El presidente estadounidense ha anunciado un acuerdo para adueñarse de 65.000 millones de barriles de crudo venezolano. Para operativizar esta colosal transferencia de recursos en un entorno plagado de sanciones y complejidades regulatorias, Pdvsa necesita un interlocutor con llegada directa al poder estadounidense. GT, calificado como uno de los bufetes con mayor influencia política en Washington y con históricos vínculos bipartidistas —especialmente cercanos a administraciones republicanas y figuras influyentes de Texas como John Cornyn, Greg Abbott y Dan Patrick—, actúa como el puente perfecto para gestionar licencias ante el Departamento del Tesoro y navegar las decisiones del Congreso de EE.UU..

2. El desmantelamiento técnico y la carrera «Contrarreloj»

El análisis operativo revela una Pdvsa profundamente mermada. Tras años de deterioro institucional, éxodo de personal calificado y el peso de las sanciones internacionales, la corporación estatal carece de la capacidad técnica para negociar simultáneamente con la avalancha de inversionistas interesados.

A esto se suma una enorme presión temporal: la reforma al marco legal de hidrocarburos de enero de 2026 abrió las compuertas a la participación privada, pero desató una carrera frenética para cerrar acuerdos antes de que expiren los plazos regulatorios previstos para agosto de 2026. En este escenario, gigantes como Chevron (bajo el mando de Mike Wirth y con planes de expansión en la Faja del Orinoco), Repsol, Eni, BP, Shell, y los nuevos jugadores estadounidenses Hunt Overseas Oil Company y Crossover Energy Holding no están negociando con el Estado venezolano en términos de igualdad; están imponiendo condiciones que Greenberg Traurig se encarga de revestir con estándares internacionales para mitigar la incertidumbre jurídica de los mercados.

3. Del pasado expropiador al futuro privatizado

El aspecto más contradictorio de esta alianza legal radica en el doble rol que juega el bufete estadounidense. Por un lado, Greenberg Traurig redactará los nuevos contratos que privatizan de facto la explotación de los yacimientos venezolanos. Por el otro, la misma firma representa a Venezuela en el prolongado y multimillonario litigio judicial contra la minera canadiense Crystallex, la cual obtuvo un fallo de 1.200 millones de dólares tras la expropiación de sus activos mineros durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Esta dualidad expone una dolorosa realidad: el mismo bufete encargado de defender al Estado por sus abusos contractuales del pasado es ahora el arquitecto que desmantela el monopolio estatal para dar garantías de resolución de controversias a los nuevos inversionistas. Todo esto ocurre mientras el verdadero botín —los ingresos por exportaciones petroleras y regalías— permanece en un limbo financiero, bajo custodia del Departamento del Tesoro de EE.UU. y en medio de una opacidad total sobre las cifras reales, que oscilan entre los 6.434 millones y los 14.500 millones de dólares según la fuente que se consulte.

Puedes leer: El «Patio Trasero»: Por qué el acuerdo petrolero entre EE.UU. y Venezuela es la corona del neocolonialismo – dehablahispana.com

La contratación de Greenberg Traurig es la admisión tácita de que el petróleo venezolano ya no se decide en Caracas, sino en las oficinas de Washington y en los despachos de los grandes bufetes de arbitraje internacional. Aunque la firma de abogados aporta un barniz de legitimidad y reduce la percepción de riesgo para las multinacionales, no elimina la profunda inestabilidad política de fondo. Venezuela ha pasado de la retórica del control estatal absoluto a una privatización contrarreloj, diseñada por abogados estadounidenses y bajo la estricta tutela financiera del Tesoro norteamericano.

Redacción equipo DHH sobre lectura de agencias.

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