El reciente mensaje publicado por el exgobernador del Zulia y actual diputado, Francisco Arias Cárdenas, ha encendido el debate en el tablero político venezolano. A través de sus plataformas digitales, el veterano dirigente militar lanzó una propuesta que, leída en frío, resulta impecable: un exhorto directo a que la presidenta de la República, Delcy Rodríguez, haciendo uso de la autoridad y majestad de su cargo, convoque a un diálogo y construya un acuerdo «por la dignidad y la soberanía nacional» junto a la líder opositora María Corina Machado.

06/23/2026.
El mensaje correcto en la boca equivocada de un ex 4F
La propuesta goza de una innegable lucidez analítica. En la Venezuela actual, fracturada y sumida en una perenne crisis de legitimidad, la necesidad de que las cabezas de las dos fuerzas políticas reales del país se sienten a negociar un pacto de convivencia es, quizás, la única ruta realista hacia la estabilidad nacional. El planteamiento es pragmático, coherente y sensato.
El verdadero problema del mensaje no radica en el qué, sino en el quién. Es una lástima que una idea tan estructuralmente necesaria provenga de un emisor cuya palabra ha sido vaciada de valor ante los ojos de la ciudadanía. Francisco Arias Cárdenas padece hoy el peor mal que puede arrastrar un político en plena coyuntura: la pérdida total de peso específico y credibilidad en su discurso.

Para muchos venezolanos, la figura de Arias Cárdenas es el arquetipo del «acomodaticio» al poder. Sociológicamente, el país observa su trayectoria no como la de un hombre de Estado que tiende puentes, sino como la de un camaleón que muta sus principios según sople el viento de la conveniencia.
La memoria colectiva venezolana no olvida los bruscos bandazos de su biografía:
- 1992: El comandante rebelde y compadre de armas de Hugo Chávez en el golpe del 4 de febrero.
- 2000: El disidente feroz que llamó a Chávez «paranoico» y compitió contra él por la presidencia, cobijado por los votos de la oposición.
- 2005: El hijo pródigo que regresó al oficialismo proclamando volver «con la frente alta y el corazón limpio» para sumirse de nuevo en la estructura del poder central, recibiendo gobernaciones, embajadas y curules a cambio de su sumisión.
Este constante vaivén ha generado un fenómeno de rechazo transversal. Desde la perspectiva de la sociología política, Arias Cárdenas logró la hazaña de alienar a ambas facciones: para el chavismo radical de las bases, siempre será un traidor en potencia que ya cruzó la acera una vez; para la oposición, es el símbolo de la cooptación y el pragmatismo sin escrúpulos. En el imaginario popular, sus llamados a la «sensatez» se interpretan de forma inmediata como un burdo mecanismo de supervivencia para orbitar cerca del poder de turno.
Cuando un actor político destruye su propia fijeza ideológica, destruye también su capacidad de persuasión. Al carecer de una columna vertebral ética que sostenga sus palabras, su llamado al pacto entre Rodríguez y Machado aunque es absolutamente cierto y atinado, su propia actuación política lo anula. La ciudadanía podría asumir que nuevamente Arias Cárdenas no busca salvar al país, sino acomodarse en esta novedosa arquitectura del poder.
La propuesta de un acuerdo nacional es urgente, pero para que un mensaje de tal magnitud mueva las placas tectónicas de la política venezolana, requiere un heraldo que posea autoridad moral. Desafortunadamente para el diputado zuliano, la autoridad moral es un activo que no se decreta en la Gaceta Oficial ni se recupera con un tuit. Al final del día, la sensatez de su propuesta queda huérfana, sepultada bajo el peso de su propio pasado.
Redacción equipo DHH.
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