La legitimidad de la vocería política contemporánea ya no se dirime únicamente en los atriles de la prensa tradicional, sino en las pantallas del ecosistema digital, donde el flujo de información y la persuasión configuran nuevas dinámicas de poder global. La reunión sostenida en Caracas por los integrantes de la delegación de la Asamblea Nacional de Venezuela 2015 (los diputados Dinorah Figuera, Marco Aurelio Quiñones, Ramón López y Macario González) con el tiktoker Miguel Alejandro Herrera, conocido como «Kilómetro», antes de instalar la mesa de diálogo con el régimen chavista, ilustra un fenómeno comunicacional de profunda relevancia geopolítica.

09/07/2026.
El fenómeno de «Kilómetro» y el fin del monopolio de la vocería tradicional
Desde una perspectiva comunicacional, la selección de Kilómetro como interlocutor de la AN de 2015 responde a una reconfiguración estructural de la esfera pública venezolana. Miguel Alejandro Herrera, un joven de 28 años originario de Ciudad Guayana con estudios incompletos de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), ha logrado capitalizar una audiencia masiva que supera los dos millones de seguidores en TikTok.
Su éxito radica en la democratización y simplificación del discurso político. En un contexto de crisis profunda, Herrera ha sabido traducir dinámicas complejas (como guías para votar en elecciones presidenciales o análisis del Sistema Eléctrico Nacional durante los apagones) en un lenguaje accesible, dinámico y empático, convirtiendo la información política en una herramienta de desahogo y cohesión colectiva.
Cuando la AN de 2015 se reúne con él, busca reconectar con un electorado desmovilizado y escéptico. Los diputados emplean la credibilidad de Herrera para validar que están al tanto de los problemas cotidianos de la población (agua, luz, presos políticos) y para justificar el hermetismo de las negociaciones, una postura que el propio Herrera respaldó públicamente al afirmar que el proceso «bien cerrado» evita la especulación. Mientras la cobertura de los medios tradicionales en procesos clave suele ser restringida o limitada, los líderes digitales independientes actúan de facto como los verdaderos canales de legitimación pública.
El poder blando en la era digital: La batalla por la narrativa convincente
De acuerdo con el politólogo Joseph Nye, el poder blando (soft power) se define como la capacidad de un actor para influir en las acciones o intereses de otros a través de la atracción, la persuasión y la cooptación, en contraposición a la fuerza militar o la coerción económica (poder duro). En este sentido, la verdadera hegemonía contemporánea no radica únicamente en la fuerza coercitiva, sino en quién posee la historia más convincente.
En el marco de una transición hacia la democracia en Venezuela, la comunicación estratégica es el instrumento fundamental para proyectar ideales, generar empatía y construir marcos de referencia compartidos. La figura y el activismo de Kilómetro representan el ejemplo óptimo de un ejercicio de poder blando legítimo. Mientras que un ataque o estrategia híbrida puede instrumentalizar las redes sociales y la propaganda de manera encubierta o engañosa para polarizar o manipular, el poder blando legítimo utiliza la diplomacia cultural, el activismo y la comunicación abierta para sumar simpatías hacia un modelo político o ético.
Al educar políticamente a la juventud, visibilizar la crisis desde el extranjero —lugar al que tuvo que exiliarse debido a la persecución política— y componer himnos virales de protesta que alcanzaron repercusión mundial, Herrera genera una adhesión voluntaria hacia la causa democrática. Su presencia es un modelo de cómo la comunicación horizontal en plataformas digitales logra posicionar agendas de gobernanza de forma mucho más orgánica que las campañas institucionales rígidas.
La delgada línea entre el poder blando legítimo y las operaciones de influencia
Desde la perspectiva del realismo político, el encuentro entre la delegación de la Asamblea Nacional de 2015 y un influencer con más de dos millones de seguidores en TikTok no puede interpretarse como un evento fortuito o meramente anecdótico. Quienes defienden la tesis del tutelaje estadounidense podrían argumentar que, para que el «policía del orden liberal internacional» ejerza su influencia de manera eficaz en la región, necesita validar a sus interlocutores locales frente a una población civil escéptica. De este modo, la incorporación de Kilómetro al relato de la transición funcionaría como un canal estratégico de cooptación, donde se aprovecha su carisma para generar una adhesión voluntaria en la sociedad. Bajo este enfoque crítico, el creador de contenido se convierte —consciente o inconscientemente— en un dinamizador del poder blando diseñado para moldear las preferencias de gobernanza de la juventud venezolana.
La hipótesis del alineamiento comunicacional se alimenta de la coincidencia entre el mensaje difundido por Kilómetro y los objetivos geopolíticos de Washington para la transición (que exigen un nuevo CNE, un nuevo TSJ y elecciones libres). Al utilizar sus plataformas digitales para defender y legitimar el hermetismo de las mesas de diálogo, el tiktoker contribuye a blindar el proceso frente a la especulación pública, facilitando un entorno controlado que favorece la diplomacia tutelada. Esta sintonía discursiva sugiere que figuras como Herrera operan como vectores de un «poder de información», donde la narrativa del activista independiente es aprovechada de manera instrumental para legitimar un modelo político específico, transformando el prestigio y la reputación del influencer en influencia geopolítica tangible a favor del orden liberal.
Este escenario abre un debate conceptual profundo sobre los límites de la persuasión en la era digital. Las fuentes teóricas introducen una distinción clave: el soft power legítimo se ejerce abiertamente para ganar simpatías, mientras que las operaciones de influencia encubiertas o coordinadas que se le adjudican a EE.UU. buscan manipular a una sociedad dentro de una estrategia de guerra híbrida. Quienes defienden la autenticidad de Kilómetro señalan que su activismo es una respuesta legítima y orgánica frente a la crisis del país.
Estados Unidos como el «Policía del orden liberal» y el análisis del tutelaje
Para contextualizar el papel de la influencia internacional y el «tutelaje» de las potencias en estos procesos de transición, resulta indispensable recurrir a la obra del analista Pablo Barragán Ordóñez, Realpolitik. Barragán explica que, desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se consolidó como la potencia arquitecta del orden internacional liberal, asumiendo el rol de «policía del orden liberal internacional». Esta función responde al equilibrio de poder y a la defensa directa de sus propios intereses geoestratégicos y económicos, desplegando un entramado multilateral y la presión diplomática para sancionar las desviaciones de este marco de reglas.
Bajo esta premisa teórica, la estrategia de aproximación de Washington hacia la crisis venezolana se alinea con la defensa de este orden liberal. Estados Unidos ejerce su influencia y «tutelaje» de la transición promoviendo el restablecimiento de instituciones democráticas —como un nuevo CNE, un nuevo TSJ y un calendario para elecciones libres— bajo la premisa de garantizar la estabilidad regional y la seguridad colectiva en el continente.
Para que este tutelaje sea sostenible, no puede depender exclusivamente de la coerción económica (sanciones) o el poder duro; requiere, necesariamente, de la validación del poder blando de la comunicación. Al legitimar el rol de la AN de 2015 en las mesas de diálogo y, en paralelo, permitir que el ecosistema de comunicación digital —dominado globalmente por plataformas de origen o influencia occidental— amplifique de forma legítima y orgánica las voces de activistas como Kilómetro, el orden liberal construye la narrativa de gobernanza que busca institucionalizar la transición democrática de forma duradera.
Redacción equipo DHH sobre lectura de medios.
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