Articulo de opinión del periodista y empresario de medios José Israel González, sobre el legado y profundidad musical de la banda musical más importante de la Venezuela contemporánea como lo es el grupo Guaco.

05/09/2026. Me sirvo el segundo whisky. El sonido del hielo golpeando el cristal es el único metrónomo que necesito para empezar a escribir estas líneas que me brotan más del hígado y del corazón que de la simple técnica periodística. Me asomo a la ventana, veo al vecino y, con esa ironía que solo entendemos los que hemos visto pasar mucha agua bajo el puente, le suelto el brollo: “Oye vecino, se jodió Guaco”.
Lo digo con una sonrisa socarrona, porque esa frase tiene más de sesenta años siendo el epitafio favorito de los envidiosos, y “aquí seguimos papá, puro Dubai”.
Desde que aquellos muchachos del «Conjunto Gaitero Estudiantil Los Guacos del Zulia» empezaron a travesear con la gaita en 1962, el purismo rancio sentenció su muerte. Cuando Alfonso y Gustavo Aguado decidieron que la gaita podía tener metales, que podía oler a salsa, a funk y a jazz, los «expertos» de esquina gritaban en Maracaibo: «¡Se jodió Guaco!».
En los finales de los años 70 la estampida de integrantes parecía el fin. La respuesta fue Innovación pura. En los 80, 90 y 2000 se repitió la historia. Cambios de voces que paralizaban al país, y la respuesta “tronó” con discos que hoy son instituciones musicales.
Hoy, en pleno 2026, la chismografía novelera y el odio visceral de las redes intentan hacer lo que el tiempo no ha podido. Como bien decía el maestro de la semiología, Umberto Eco: “Las redes le han dado el derecho a opinar al «tonto del pueblo» al mismo nivel que a un Nobel”. Y hoy, esos tontos, armados con un teclado, un celular y una dosis letal de baja pasión, pretenden asistir al funeral de una maquinaria que debería estar en el Guinness por su vigencia indestructible.
A Gustavo Aguado le han dado por todos lados. Que si su forma de dirigir, que si su carácter, que si el concepto ya no es el de antes. Pero es que el éxito ajeno es el ácido que corroe el alma del mediocre. Gustavo es un genio, y como tal, atrae la conjura de los necios.
Afortunadamente, ahí está Yaremi, su esposa, esa columna de disciplina que calma al «demonio» creativo de Gustavo. Ella, con la sabiduría de quien conoce el monstruo por dentro, le recuerda que no debe ocuparse de lo intrascendente. «Si los perros ladran, es señal de que avanzamos», le decía en la calma hogareña, y nunca un refrán fue tan preciso. Mientras el ruido externo aturde, en el estudio de Juan Carlos Salas se sigue cocinando la vanguardia.
Guaco no es solo una banda, es un gentilicio sonoro. Es el orgullo de la tierra del sol amada, es el sonido que retumba en cada rincón de Venezuela y el Caribe, donde sabemos apreciar la buena música y el temple de quien no se rinde. A los detractores les duele que Guaco sea la «Maravilla Hispanoamericana», como bien la bautizó Carlitos “El rookie” Sánchez.
¿Que se jodió Guaco? Sí, claro. Se jodió para el que no tiene oído, para el que vive del rencor y para el que no entiende que la evolución es un proceso doloroso pero necesario. Guaco es como el ave fénix, pero con tambora, charrasca y una sección de metales que te vuela la cabeza.
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Así que, querido vecino, no se deje engañar por el trending topic del odio. Mientras usted lee el ataque de turno en su pantalla, yo prefiero subirle el volumen a la corneta, sentir cómo el bajo me golpea el pecho y brindar por otros sesenta años de irreverencia.
Me queda medio whisky en el vaso y mucha música en el alma. Guaco no se jodió; Guaco se transformó, una vez más, para dejarlos a todos en el camino.
«Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él». — Jonathan Swift.
¡Salud!
Artículo de opinión del periodista y empresario de medios José Israel González.
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