Tras la derrota en las intermedias, el presidente entra en la fase más difícil de su segundo mandato: dos años para negociar con un Congreso que ya no controla.

11/04/2026. Las elecciones intermedias del 3 de noviembre dejaron al presidente Donald Trump ante un escenario que ha evitado desde su regreso a la Casa Blanca: un Congreso que ya no le responde. Los demócratas controlarán tanto el Senado como la Cámara de Representantes. Trump ya reaccionó. Según un recuento de medios, dijo que los demócratas «hicieron un buen trabajo» y reconoció que Irán influyó en las pérdidas republicanas.
¿Qué es el síndrome del «pato cojo»?
«Pato cojo» (lame duck) describe a un político que sigue en el cargo pero con poco poder real, porque su salida es inminente o segura. El término viene del inglés británico del siglo XVIII, cuando se aplicaba a inversionistas que no podían pagar sus deudas, y luego pasó a la política.
En Estados Unidos se usa de dos maneras. La primera se refiere al presidente en su segundo mandato. La Enmienda 22 le impide ser elegido más de dos veces, así que su influencia decae con el tiempo: los legisladores de su partido miran hacia el futuro, los rivales esperan su salida y los gobiernos extranjeros dudan de que sus compromisos sobrevivan a su mandato. El presidente conserva sus facultades legales (veto, órdenes ejecutivas, nombramientos), pero pierde capital político.
La segunda se refiere a la sesión del Congreso entre las elecciones de noviembre y la instalación del nuevo Congreso el 3 de enero, durante la cual votan legisladores que ya perdieron o que se retiran.
El caso de Trump combina ambas cosas. Es un presidente sin posibilidad de reelección que, además, pierde el control legislativo a mitad de mandato. Esa combinación es la que suele marcar el inicio del declive de influencia de un presidente.
Los cuatro frentes que enfrentará
1. El presupuesto, el gasto y el techo de deuda. Es el terreno donde la Cámara tiene más poder, porque la Constitución le da la iniciativa en materia de gasto. Con mayoría demócrata a partir de enero, las negociaciones por la financiación del gobierno, la autorización de defensa y un posible aumento del techo de deuda dejan de depender del respaldo republicano. Para un presidente que ha gobernado con presión y amenazas, esto implica negociar prioridades como el gasto en seguridad fronteriza, los recortes a programas federales y las reducciones de personal. El riesgo evidente es el de cierres parciales del gobierno, que suelen tener un costo político para ambas partes.
2. La supervisión del Congreso y el riesgo de investigaciones. Quien controla las comisiones controla las citaciones, las audiencias y el acceso a documentos. Una Cámara demócrata podría investigar el uso de poderes ejecutivos, el manejo de agencias federales, contratos, aranceles y decisiones de política exterior. El juicio político es una posibilidad teórica, pero requeriría una mayoría simple en la Cámara y dos tercios en el Senado para condenar, algo muy improbable. Aun así, el desgaste de una agenda de investigaciones puede consumir tiempo y atención del gobierno, y marcar el debate de cara a 2028.
3. Nombramientos y jueces en el Senado. Con un Senado de mayoría demócrata, la confirmación de jueces federales, miembros del gabinete y altos funcionarios deja de ser un trámite. Trump tendría que proponer candidatos aceptables para la oposición, o gobernar con funcionarios interinos y recurrir a figuras de menor perfil, una práctica criticada por su legalidad dudosa y su fragilidad. Cualquier vacante en la Corte Suprema se volvería una batalla de primer orden, en la que el presidente ya no cuenta con la mayoría para imponerse.
4. Aranceles, política exterior y poderes de guerra. Aquí el margen de Trump es mayor, porque buena parte de su política comercial y de seguridad se ha apoyado en órdenes ejecutivas y poderes de emergencia. Pero un Congreso opositor puede forzar votaciones para limitar esos poderes, condicionar fondos y convocar audiencias sobre cualquier operación militar. El propio Trump reconoció, según las crónicas de la noche electoral, que el tema de Irán pesó en las urnas, lo que sugiere que la política exterior será una fuente de tensión legislativa. Sin embargo, un presidente conserva la ventaja en este ámbito: los vetos solo se anulan con dos tercios de ambas cámaras, una barrera que la oposición difícilmente podrá superar sola.
Lo que no cambia
La derrota no deja al presidente sin herramientas. Trump puede seguir gobernando por órdenes ejecutivas, vetar leyes, nombrar funcionarios en comisión, dirigir la política exterior y recurrir a los tribunales. Además, las mayorías demócratas podrían ser estrechas y heterogéneas, lo que dificulta que se muevan con una sola voz. Algunos presidentes en situaciones similares encontraron fórmulas para pactar: Clinton con los republicanos en 1995 y Obama en sus últimos años lograron acuerdos en temas puntuales.
La incógnita es si Trump, cuyo estilo ha privilegiado la confrontación y la lealtad personal, optará por la negociación o por una estrategia de choque que le permita culpar al Congreso. De esa decisión dependerá si los próximos dos años serán de bloqueo, de acuerdos puntuales o de una campaña anticipada hacia 2028.
Redacción DHH con ayuda de IA.
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