Mientras Abelardo de la Espriella celebraba su «noche maravillosa» y presumía de su línea directa con la Casa Blanca como el aliado «inteligente, fuerte y decidido» que Colombia necesitaba, su gran amigo Donald Trump decidió enviarle un regalo de bienvenida que no estaba en el libreto: un nuevo garrotazo arancelario.

07/23/2026. Entre brindis por la «dignidad nacional» y mensajes de apoyo desde Truth Social donde el republicano gritaba «¡Él ganó, grande!», la realidad económica se impuso con la frialdad de una factura de importación. Resulta que la «Patria Milagro» prometida por el nuevo líder colombiano tendrá que estrenarse pagando el precio más alto de la región para entrar al mercado estadounidense, demostrando que, en la diplomacia de Trump, los halagos se quedan en las redes sociales y los cobros se hacen en las aduanas.
La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) oficializó que, a partir de este viernes 24 de julio, los productos colombianos enfrentarán un recargo del 12,5%. Esta medida no es un hecho aislado, sino que sustituye el gravamen temporal del 10% que se venía aplicando desde principios de año, consolidando un aumento neto de 2,5 puntos porcentuales para diversas industrias nacionales. Aunque el gobierno estadounidense justifica la decisión como parte de una estrategia global que afecta a 60 socios comerciales, Colombia ha quedado clasificada en el grupo de los países más castigados por la administración de su supuesto aliado.
El argumento jurídico detrás de este golpe económico se basa en investigaciones de la Sección 301 sobre prácticas laborales, específicamente relacionadas con el uso de trabajo forzoso en las cadenas de producción. Según la USTR, Colombia no ha implementado una prohibición efectiva para impedir que mercancías fabricadas bajo estas condiciones en terceros países ingresen a su territorio. Al no contar con esta normativa vigente ni haber firmado compromisos vinculantes con la administración Trump para adoptarla, el país fue relegado al escalón tarifario más elevado, compartiendo sitio con economías como China, Brasil y Vietnam.
El impacto de la medida es selectivo pero profundo, dejando a salvo a los «pesos pesados» de la exportación tradicional como el café, el petróleo, el carbón, el banano y el oro, los cuales quedaron expresamente excluidos del recargo. Sin embargo, la otra cara de la moneda la viven sectores clave para la diversificación económica como el de las flores frescas, las confecciones y las manufacturas de plástico, que ahora deberán pagar el 12,5%. Para aquellos productos que antes gozaban de arancel cero gracias al Tratado de Libre Comercio, el golpe es un salto al vacío que pone en riesgo su competitividad frente a vecinos como Ecuador o México, que solo pagarán un 10%.
Esta nueva ofensiva representa un cambio de estrategia de la Casa Blanca tras el revés sufrido en febrero, cuando la Corte Suprema de Estados Unidos declaró inconstitucionales los aranceles indiscriminados de Trump por invadir facultades del Congreso. Al recurrir ahora a la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, la administración busca blindar legalmente sus decisiones mediante investigaciones técnicas sobre políticas comerciales «desleales» o «no razonables». De esta forma, los aranceles se consolidan como el «garrote» predilecto para forzar negociaciones bilaterales bajo la lógica de que los socios deben alinearse con las exigencias de Washington o enfrentar costos prohibitivos.
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Las consecuencias para la economía colombiana podrían escalar rápidamente, con advertencias sobre posibles incrementos en los costos de energía superiores al 30% debido al encarecimiento de insumos básicos. Mientras tanto, los exportadores con mercancía ya cargada en puerto tienen una ventana mínima hasta el 28 de julio para ingresar sus productos sin el nuevo recargo, siempre que hayan estado en tránsito antes de la medianoche del viernes. En este nuevo escenario, la tan pregonada sintonía ideológica entre los líderes de ambos países se enfrenta a la dura realidad de una balanza comercial donde el «apoyo y reconocimiento» personal no parece ser suficiente para frenar la maquinaria proteccionista de Estados Unidos.
Redacción equipo DHH sobre lectura de medios.
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